Voy a defraudaros
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Voy a defraudaros. Es una costumbre que adquirí de niño —puede que naciera con ella—, y he logrado profesionalizar en mi vida adulta. Se me da tan bien que en las noches tristes acabo llamándolo virtud.
Mi lista de defraudados es inmensa. En ella hay varios profesores, dos o tres suegras (el resto se libraron porque no se hicieron muchas ilusiones), aquella chica del pico más cercano a África y otros tantos amores que seguirán vivos en dimensiones paralelas y, por último pero no menos defraudados, gran parte de las personas con las que comparto genes y apellidos, los mismos que me cambiaron los pañales, bordaron mis iniciales sobre cuadros blancos y azules para que fuera uno más en el colegio o me llevaron a Don Agustín, el médico, cuando tuve fiebre. He madurado mal para ellos, aunque me lo he pasado mejor de lo que Dios y ellos creen.
Llegarán nuevos defraudados. No me cabe la menor duda. Si no lo logro con una frase escrita lo haré con un fonema, un olvido o una mirada. Estaría bien …

