Un lugar seguro para mis amigos
Lo que aprendí tras veintidós mudanzas.
Me he mudado veintidós veces en mi vida.
Solo una cuando aún vivía con mis padres. El resto de mudanzas las hice yo: cargando un equipaje mínimo y esa mezcla de ilusión y derrota que acompaña a quien vuelve a empezar demasiado a menudo.
Al principio, dormí en pisos viejos, habitaciones sin ventanas y barrios chungos en los que acabé haciéndome amigo de lo más granado del vecindario.
La Guardia Civil solía pararme cuando caminaba de regreso a casa para pedirme la documentación. En una de esas ocasiones, pregunté los motivos de tanta insistencia por ver mi foto del DNI. La respuesta de uno de los agentes —el pechopalomo que no entraba en IKEA por miedo a que lo confundieran con un armario PAX (grande y básico)— fue que “saludaba a gente muy turbia con excesivo cariño”. Le ofrecí un abrazo para equilibrar mi karma y, ya de paso, ayudarle a sentirse querido. No es bueno andar por ahí con una pistola y tantos traumas, dije. Error. Casi me pega un tiro. Supongo que no pilló la broma, aunque su compañero de ronda me invitó a una cerveza unos días más tarde. Seguimos siendo amigos. Me consta que, solo algunas veces, lee esta newsletter.
Algún día, con su permiso y el de la Virgen del Pilar, contaré la historia de cuando me invitó a una fiesta en su cuartel y casi me dispara un compañero suyo (otro) por un lío de faldas. Viejos tiempos. Ahora me dedico a cambiar pañales.
Aquellas mudanzas y viviendas cutres sirvieron para dar brillo al momento en el que me di cuenta de que guardaba un poder que aún no sabía utilizar.
Todos vamos por la vida buscando lugares seguros. Y a mí no se me da mal del todo fabricarlos.
¿Qué es un lugar seguro? Personas junto a las que no tengas que medir cada palabra como si estuvieras desactivando una bomba. Casas donde puedas abrir la nevera sin pedir permiso. Conversaciones sin silencios incómodos, de esos en los que se escucha un reloj imaginario —tic, tac, tic, tac— dentro de la cabeza de todos los presentes.
Un lugar seguro no es una casa. Ni un tipo de iluminación (aunque siempre ayuda). Ni siquiera una persona.
Un lugar seguro es una frecuencia. Una forma de estar. Y no todos los anfitriones son capaces de resonar así.
Hay gente que entra en una habitación y hace que todos se tensen. Mientras que otros —muy pocos— son un bálsamo para el alma. Personas que convierten una cocina de azulejos feos en un refugio. Que logran que te quedes horas de más sin mirar el móvil. Que hacen desaparecer la prisa.
Recuerdo con precisión el instante en que entendí que por fin había conseguido fabricar un lugar seguro.
Tenía la casa llena de amigos. Sonaba Quique González y la iluminación de la estancia era perfecta. Alguien estaba contando una historia desde la otra punta de la mesa. Nadie tenía prisa. Nadie miraba el reloj.
Me quedé callado.
Miré alrededor despacio, como quien unta mantequilla sobre una tostada caliente: de izquierda a derecha, procurando memorizar cada detalle de sus rostros.
Reían tranquilos. Hablaban sin miedo. Habían bajado las defensas. Estaban cómodos.
Unas horas antes, la mitad de ellos no se conocían entre sí. ¿Existe algo mejor que juntar grupos de amigos y que se lleven bien? Una de las presentes acababa de abortar. Solo lo sabíamos ella y yo. En aquel lugar seguro, se atrevió a mostrar al resto sus fantasmas. Liberación. Otros dos estaban enamorándose. Era muy evidente, pero no dije nada sobre sus pies rozándose por debajo de la mesa ni me opuse cuando decidieron bajar a comprar más vino, a pesar de que tenía una decena de botellas guardadas.
La única forma de crear un hogar no es construirlo, sino fabricarlo. El matiz es importante. Construir es un buen verbo, pero carece del matiz artesanal de fabricar.
Mucha gente construye una casa, depositando en las líneas de un plano sus últimos gramos de fe para encontrar la calma. Esta vez sí, esta vez sí, esta vez sí, se repiten a modo de mantra.
Las líneas se convierten en paredes. Ladrillo. Tubos corrugados. Cables. Desagües. Yeso. Pintura elegida a conciencia. Llegan las cortinas y los cuadros. Aparece un chaise longue, una mesa enorme con sillas de diseño, aquella lámpara tan cara que salía en AD…
Pero no.
Pasado el fervor, regresan los silencios, el vacío, la falta de ganas. Han construido, no fabricado.
Tener una casa bonita es importante. Yo trato de mejorar la mía cada semana. Siempre hay un detalle que pulir, ese ajuste que durante unas horas nos parece imprescindible. La luz. Padezco una irremediable obsesión por lograr en mi nuevo piso la mencionada iluminación perfecta.
Cocinar rico también es un punto a favor. No sé por qué tanta gente le tiene manía al olor a comida en casa. ¿Existe una señal mejor que el pasillo oliendo a un buen guiso? Trato de que mis invitados siempre coman y beban bien. Disfruto rompiéndome la cabeza para sorprenderles. Anoto cada alergia, cada intolerancia, cada ingrediente no grato para sus lenguas.
Pero un lugar seguro requiere algo mucho más simple que decoración y gastronomía: escuchar. Puedes añadirle no juzgar, no aburrir, no imponer… Bien. Pero nada de eso sirve sin tener un oído del tamaño de una mansión.


Me gusta lo que escribes, si bien no estoy de acuerdo del todo. También observo que en mi casa la gente se encuentra como en la suya- vienen para comer y se quedan para cenar.
Una tía mía vino a cuidarme post el primer parto y le dije- ni me preguntes- haz lo que te dé la gana; y un día antes de marcharse la pillé llorando ante la nevera abierta y me dijo “es que me siento como en mi casa”.
Pero mi marido y yo no hemos fabricado nada (bueno, él cocina de puta madre y yo me dedico a ser la guapa) pero es la tendencia que tenemos a arrejuntarnos con gente que mola… lo demás ya sale solo.
Molas mucho, Errántez. Me encantan Quique, los lugares seguros y leerte con el café en la mano. De verdad te has mudado 22 veces?? Me parece una locura, pero claro así tienes tantas cosas que contar. Gracias