Me parece sorprendente no haber muerto virgen.
Tenía todas las papeletas: rarito, no estudiaba pero sacaba buenas notas (lo que me convertía en empollón), en mi familia éramos testaferros de Javivi (se ha cambiado el nombre a algunas sectas), tartamudeaba un poco y salía corriendo del colegio cada día para no perderme un solo capítulo de La botica de la abuela, ese exitoso programa de la tele de los noventa que incitaba a los españoles a confiar más de lo recomendable en chamanes y casi adivinadores.
Mis héroes de la infancia fueron Indiana Jones, María Teresa Campos, Jeff Goldblum, Jesucristo y Txumari Alfaro, presentador del citado programa. Con el paso de los años, la lectura y la ciencia me hicieron renegar de los dos últimos, aunque a Txumari, en paz descanse, me lo crucé una vez en el Decathlon comprando un bañador y me pareció una escena muy tierna.
La historia empeora si os cuento que tomaba notas en un cuaderno y solía practicar algunos de los remedios con el apoyo, pero no siempre con la supervisión, de mi madre. Así fue como quemé la cocina e intoxiqué a la gata. Nos lo pagó marchándose dos semanas de fiesta por los tejados y regresando preñada.
Supongo que mi madre no se paró a pensar en que aquellas interacciones con La botica de la abuela podían ser el caldo de cultivo perfecto para que le hubiera salido un hijo traficante. Con mi carácter obsesivo y esa constancia absurda que tiendo a llevar al límite, habría elaborado una marihuana fantástica. Pero me torcí en el camino y ahora solo soy escritor.
La literatura suele ser el intento de transformar lo lamentable en lo épico, lo terrible en algo que sirva como luz. Aunque yo me conformo con que quien me lea se divierta.
Los remedios naturales caseros me gustaban porque decían tener la capacidad de mejorar la vida de la gente usando elementos sencillos: raíces, hojas, frutos, sal… Mezclar todo eso con precisión y orden, ponerlo a cocer, filtrarlo con un paño blanco, cantar unos mantras y conseguir que a quien se lo tome le desaparezcan los dolores de cabeza, las náuseas y los tumores era un sueño para ese chaval de siete años. Rara vez lo conseguía. El cáncer de mi madre se me fue de las manos y ella acabó palmándola; pero solo dejé de ver La botica de la abuela cuando comprendí que hay tres cosas mucho más efectivas que un mejunje a base de plantas: una buena comida, una buena historia y una buena conversación.
Hacer que los demás se sientan cuidados sigue siendo una de mis máximas aspiraciones. Y no tengo dudas de que el mejor modo de conseguirlo es en torno a una mesa con comida rica, una charla que fluye o un relato escrito con mimo de carpintero viejo.
Suelo vigilar a la micra cada pequeña expresión facial de quien entra en mis dominios —mi casa o mis libros— para asegurarme de que baja la guardia y olvida la armadura durante un rato. Relájate, esto es hogar, no tienes de qué preocuparte, susurro. Aunque debo reconocer que, desde que he sido padre, una parte enorme de mis energías va destinada a hacer que Siena esté bien, lo que alguna vez me ha supuesto tener que rebajar los niveles típicos.
Desconozco si el día de mañana mi hija será igual. Imagino que nacer en una casa en la que la hospitalidad es tan natural como pagar el recibo de la luz ayudará. Tiene la suerte de que su madre, solo con estar y usar durante unos segundos su voz radiofónica, ya te hace sentir mejor persona. Yo necesito fuegos artificiales para generar la mitad de lo que Neptuniana provoca en los demás, aunque jamás me he arrepentido del esfuerzo.
Tengo una amiga divorciada que ha prometido criar a sus dos hijos como seres egoístas y poco dados a cuidar de los demás. Estoy cansada de dar y ayudar, suele decirme. Y yo, que ya le he expresado las razones de mi desacuerdo, me limito a llenarle la copa de vino, hacerle arroces melosos, escucharla y darle muchos abrazos.
Ambos tenemos razón, solo que yo di con la pieza clave hace mucho y ella aún no ha llegado. Cuidar de los demás puede darte energía o robarte hasta el último gramo de ella. Todo depende de cuánto disfrutes de tus instantes de soledad y de que no olvides lo lamentable que eres.
Me gusta estar con gente tanto como me gusta quedarme a solas, ya sea meditando, leyendo, contemplando los olivos o tomándome un café en una barra mientras miro cómo de gastadas están las botellas de alcoholes duros. El dolce far niente italiano de toda la vida.
Y también disfruto riéndome de mis miserias. Me relaja. Me pone en mi sitio. Cuando empiezo a creerme mínimamente importante, pienso en ese niño que corría para ver La botica de la abuela, en el adolescente que buscaba tetas en las enciclopedias o en el adulto que ha amanecido en tantas casas ajenas sin recordar cómo había llegado hasta allí, y se me bajan los humos.
Si aun así me creo alguien, solo necesito rememorar que hace unos días estuve un buen rato preocupado por una mancha amarillenta que me había salido en la frente. El enigma se resolvió cuando me di cuenta de que era del mismo tono que el contenido de uno de los pañales de mi hija. Mmerda, é mmerda, pensé, recordando el capítulo 9 de uno de mis libros favoritos: Historias de Roma, de Enric González. Y así es como se transforma lo lamentable en lo épico.
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