Tardes de verano que huelen a invierno
Solo hay una norma inquebrantable para las tardes de verano con olor a invierno: nunca, jamás, en tu puta vida intentes domesticarlas.
Me gustan los ratos y días que no pegan con la rutina. Las veintiuna cero cero de un martes que acaba en resaca y lío. Los domingos en los que te enamoras (un viernes o un sábado se entusiasma cualquiera). Cualquier naufragio.
O la colección de tardes de verano que huelen a invierno.
Todos guardamos unas cuantas de esas. Suelen ser una o dos tardes al año. Si tienes más, hay que darle una vuelta a algo, no sé a qué, pero a algo. Es posible que alguien crea que algunas, sobre todo las suyas, merecen una novela. Dudo del dato: solo los imbéciles quieren protagonizar un libro. Tiendo a no fiarme de la gente que va por el mundo como si cada día fuera un casting.
¿De qué van las tardes de verano con olor a invierno?
Todo se alinea con la melancolía, o quizá con la nostalgia, durante esa rara avis del tiempo. La temperatura baja unos grados. Se tiñe de moho el fondo azul de las piscinas. El sol no sale. Suenan relámpagos y gritos de madres advirtiendo rayos, pero tampoco termina de caer la lluv…

