Sobre reciclar canciones de amor
Lo irónico es que las canciones de amor más efectivas son precisamente las que han sido recicladas muchas veces
Neptuniana es la encargada de enseñarle a Siena canciones infantiles (del tipo Barquito de cáscara de nuez, Un elefante se balanceaba, Susanita tiene un ratón) y algunas piezas de Mozart. Esto último lo hace porque toca el violín y en su familia la música clásica es religión. Pero no dejan de sorprenderme esos padres que le calzan Mozart for the babies a los chiquillos con la esperanza de que les salgan “Pedros Duque” y “Saras García”, pero nunca leen un puto libro delante de ellos.
El departamento de rock, greñas y alcohólicos es mío. Cada uno hace lo que puede. Yo no tengo ni puta idea de Bach pero nací cerca de dónde se formó Extremoduro, el grupo más importante de la historia de España. Cuando Siena sonríe al escuchar La vereda de la puerta de atrás o Jesucristo García, mi orgullo como padre roza ese cielo en el que dudo que dejen entrar a Robe.
Extremoduro aparte, algunas de las canciones favoritas de Siena para dormirse son Bohemian Rhapsody, El hijo de la Inés y Copenhague. Su idilio con Vetusta Morla viene desde antes de nacer, cuando se ponía a bailar en la barriga de su madre cada vez que sonaba 23 de junio.
Además de mis ojos, Siena padece una curiosidad casi obsesiva por todo lo nuevo. En particular, por la música. Me pide novedades a diario.
Ayer le puse una canción de Sidecars para relajarla: La noche en calma, una especie de nana disfrazada de canción adulta.
Cuando llevaba un rato acunándola en mis brazos con la voz de Juanchito de fondo (al que, por cierto, solía saludar con frecuencia durante los años que viví en La Latina), caí en la cuenta de la cantidad de veces que, en un pasado cada vez más lejano, envié o escuché esa canción junto a chicas de las que creí estar enamorado durante unas horas.
Todos hemos reciclado canciones de amor. Algunas solo una vez; otras han sobrevivido a más de una docena de relaciones.
El proceso es el de siempre. Conoces a alguien. Te gusta. Empiezas a construir esa pequeña ficción compartida que llamamos enamoramiento. Conversaciones hasta las dos de la mañana. Mensajes absurdos que parecen importantes. La sensación de que esta vez sí. Y entonces llega el momento inevitable: enviar una canción. No cualquier canción, sino “la canción”, esa que resume todo lo que sientes. Le das vueltas a las novedades. Podrías arriesgar. Pero no. Más vale asegurar. Un clásico. Tu clásico. Pulsas el botón Enviar y esperas.
Tres minutos más tarde, la otra persona responde con entusiasmo. Es preciosa, bla bla bla. Y durante unos días finges que esa canción acaba de nacer. Como si no llevara media década recorriendo tus chats de WhatsApp. Como si no hubiera protagonizado otras historias que acabaron en naufragio. Como si no fuera una veterana de guerra con corazones rotos tatuados y un cajón lleno de condones pasados de fecha.
No hay que sentirse mal por ello. La mayoría vamos por la vida reutilizando materiales. Reciclamos chistes, anécdotas, argumentos y hasta versiones de nosotros mismos. Por eso hay gente que empieza tan fuerte en Substack y a los cuatro días ya no tiene nada que contar. Ignorantes: el secreto de la literatura está en repetir, citar y exagerar.
Imaginar que los símbolos amorosos son únicos, irrepetibles e intransferibles es de un egoísmo titánico.
Una ex me dijo una vez que, aunque me había puesto los cuernos con un tipo más alto, con un Mercedes y su correspondiente paguita del Estado, aquella canción de Izal siempre sería nuestra. En cuanto tuve una mínima oportunidad, se la mandé a un par de nuevos ligues. Hay que airear las habitaciones del palacio.
Lo irónico es que las canciones de amor más efectivas son precisamente las que han sido recicladas muchas veces. Han pasado controles de calidad. Han resucitado tras infinitas rupturas. Han demostrado su eficacia en condiciones reales. Son clásicos certificados. No porque hablen de una persona en particular, sino porque guardan la esencia de lo felices que fuimos durante unos instantes.
Las canciones de amor no se gastan por usarlas demasiado, sino por dejar de necesitarlas. Y eso equivale a morir. Hay que seguir enamorándose cada día. De nuestra pareja, de un personaje ficticio, de una poetisa muerta, de un perro con mirada fiel.
Por eso, te invito a que recicles: abre Spotify, busca esa vieja canción de amor y envíasela por primera o por centésima vez a alguien. El mundo seguirá siendo igual de lamentable, pero estando enamorado nada es tan terrible.


Al principio te he leído y he dicho: vaya idiotez. Después de un rato he tenido que volver para escribirte que me parece una genialidad. Es totalmente cierto. Y lo mejor es que yo no me había dado cuenta de la cantidad de canciones romanticonas que he reciclado. Apuntate un tanto, Errántez
Mi canción de amor reciclada unas siete veces es I Don't Wanna Miss A Thing de Aerosmith. Soy una clásica. No me lo recuerdes. Aunque todas mis relaciones hasta mi marido fueron un armagedon jajaja