La primera señal de alarma fue que se santiguara con la afeitadora en una mano y las tijeras en la otra. Jesús, dame tu bendición para este día de trabajo. Amén.
Solo a mí se me ocurre decirle a un peluquero jovencito que innove. Carta blanca, hermano, ha sido la frase exacta que he utilizado para motivar a Edwin, el nuevo en la peluquería masculina más cercana a mi casa de Madrid. He aguantado unos minutos. Pero cuando estaba a punto de echarme unas mechas blancas y tomaba medidas para tatuarme una rosa encima de la oreja izquierda, he tenido que reconocerle que para mí la virtud se encuentra en algún punto entre el marido cayetano de la Pombo y el rompetímpanos de Maluma.
En realidad, yo me apañaba con que me rapase al dos. Los tiempos en los que iba a Fabio cada diez días, mi peluquero italiano de Lavapiés, han pasado a la historia. La cantidad de gilipolleces que habré hecho por follar.
Pero lo más decepcionante para Edwin no ha sido que haya puesto límites a su creatividad, sino que…

