Si no te sale ardiendo
¿Dejamos de escribir solo porque nunca igualaremos a J. D. Salinger? ¿Pasamos de componer canciones porque jamás rozaremos la túnica de Robe?
Hoy casi me convierto en miembro de una banda latina.
Viernes. Diez de la mañana. Solo a mí se me ocurre decirle a un peluquero jovencito y peruano que innove. Carta blanca, hermano, ha sido la frase exacta que he utilizado para motivar a Edwin, el nuevo en la peluquería masculina más cercana a mi casa de Madrid.
La primera señal de alarma ha consistido en ver a Edwin santiguarse con la afeitadora en una mano y las tijeras en la otra. Jesús, dame tu bendición para este día de trabajo. Amén.
He aguantado cinco minutos sin comentar sus movimientos. Pero cuando Edwin estaba a punto de echarme unas mechas blancas y tomaba medidas para tatuarme una rosa encima de la oreja izquierda, he tenido que reconocerle que para mí la virtud se encuentra en algún punto situado entre el marido cayetano de la Pombo y el rompetímpanos de Maluma.
En realidad, yo me apañaba con que me rapase al dos. Los tiempos en los que iba a Fabio cada diez días, mi peluquero italiano de Lavapiés, han pasado a la historia. …

