Si lloras, que sea por algo que huele bien
Lloramos por cosas que huelen regular y consideramos épico cualquier amor de mierda. Es más grave que atropellen a un lince o que VOX gane un escaño.
Tendría que mirarme esa obsesión que padezco por la musicalidad de mis textos. Y es que yo siempre quise ser poeta. Ni escritor, ni publicista, ni pollas. Poeta.
Con el objetivo de imitar a Benjamin Prado pero manteniendo mi nariz, suelo apuntarme de cuando en cuando a algún taller de poesía. El más divertido de todos fue aquel en el que cortaron con una chica de diecinueve años frente a mis ojos. Ella misma se hacía llamar Campanilla.
Salgo un momento a hablar por teléfono, es mi novio, me ha dicho que es urgente, dijo, ignorante del hacha que volaba hacia su corazoncito de nube rosa.
El resto de las parroquianas —el sexo femenino ganaba siete a uno— seguimos debatiendo sobre si Alejandra Pizarnik era una neurótica, una esteta barata o la puta ama.
Cuando Campanilla regresó, solo alcanzó a decir: me ha dejado. Aunque la frase en su boca sonó más bien como “madejao”. Y se desmayó. ¡Pum!, la cabeza rebotó contra la mesa, manchando de sangre —¡chas!— un ejemplar olvidado de Veinte poemas de…

