Saltar sin ego
Un repaso breve a los dos saltos sin ego más complicados de mi vida.
La gente quiere escuchar historias de personas débiles que se lanzaron. Da igual adónde. Poco importa el resultado. Si hay éxito, bien. Si te estrellaste, esperamos con ansia la segunda parte. O la quinta. O la mil.
Ese primer paso que la mayoría no se atreve a dar es motivo de sobra para ignorar el ruido en el que estamos todos metidos. ¿Por qué ese tipo o esa tipa, tan vulnerable como yo, se lanzó al vacío? Ahí comienzan algunas de las mejores historias.
A lo largo de mi vida he tomado dos decisiones enormes en las que logré desconectar por completo del ego, del qué dirán, del miedo a defraudar por lo mucho que esperaban de mí.
Suelo mencionar entre bromas la primera: salir de una secta, con todo lo que ello implica y que mucha gente desconoce.
Desde hace más de una década no sé dónde vive mi padre. Mi relación con mis hermanas se reduce a un SMS de hace unos días en el que me pedían conocer a mi hija, con la coletilla de tratar de convencerme de que ese dios que defienden por encima de la sangre aún me espera con los brazos celestiales abiertos. Bienvenido de vuelta, Errántez, vaya golfillo, ahora vete al rincón de pensar, cabrón.
Por mi salud mental, y bien asesorado por los profesionales que llevan años cuidando de mi azotea, me negué a un encuentro bañado en miradas de pena que incluyen un soterrado “pobrecitos, van a morir cuando llegue Armagedón”. Son mis hermanas, me he criado con ellas, sé como piensan.
Al principio creí que iba a revolverme más que mis hermanas se pusieran en contacto conmigo para conocer a mi hija. Pero no he pensado casi nada en ello durante días. Está más encajado de lo que yo imaginaba. Además, me da un juego tremendo para sacar a relucir mi humor negro en estas newsletter. Por el bien de vuestras futuras lecturas estoy mejor en el lado oscuro. Sin desearles nada malo, mi familia de verdad y mi camino son otros.
Aunque el instante de dar el paso hace años, escribir una carta para marcharme de la secta y reconocer que mis valores no eran los suyos fue difícil. Un salto al vacío que ha resultado ser un éxito. No fue cuestión de suerte que, en tiempo récord, fuera capaz de construirme una nueva vida, con una nueva familia, mejores amigos y cero personas cercanas que me juzguen. Soy un tipo amable, simpático, detallista y que siempre escucha de forma activa. Los libros, las películas y un puñado de mujeres con aristas hermosas me dieron las claves para saber moverme por el planeta con relativa soltura. Me he ganado a pulso ser feliz lejos de ellos.
Aún estoy en plena caída del segundo salto al vacío en el que mi ego no logró intervenir: dejarlo todo para vivir de las palabras.
No he aterrizado. Pero tampoco me he estrellado. Floto.
Hace unos años jamás miraba el precio de los productos que compraba. Era uno de esos tipos que parecen tenerlo todo: dinero, tiempo libre, fama, algo de poder. Me iba tan bien en mi trabajo que no me pesaba lo que tuviera que pagar a Hacienda cada año. Siendo español eso dice mucho.
Y entonces lo dejé. Para siempre. Nunca volveré a dedicarme a todo aquello. ¿Por qué? Ya no me llenaba. No era el lugar donde quería estar.
Cuando brillas hacia fuera pero luces mate hacia dentro es que toca hacer cambios. Una frase tan aplicable al trabajo como al amor.
Jamás podrá decir uno solo de los miles de pacientes que traté en mis clínicas que llegaron a notar en mí un ápice de negatividad. Fui el mejor profesional que supe ser desde el primer hasta el último día de mis más de quince años pasando consulta.
Pero, cuando llegaba a casa, me pesaba el alma. Los domingos mis manos temblaban ante la llegada del lunes. No hay dinero suficiente en el mundo que corrija eso.
Si dijera que la decisión fue difícil de tomar, mentiría. Tocaba cerrar. Punto. Pero hay instantes en los que me planteo si no hubiera sido mejor ser un cobarde y vivir como lo hace la mayoría: con una vida ni muy fu ni muy fa, pero con algún adornito.
Ahora gano en torno a una décima parte de lo que ingresaba antes. No soy un tipo derrochador. Esos números no me impresionan demasiado.
Lo que a mi ego le escuece es que me ignoren. Antes, la gente hacía cola durante meses o cruzaba la península solo por pasar cuarenta y cinco minutos conmigo. Llegué a ser uno de los mejores del país (disculpad si parece que exagero, pero no voy a ocultar los resultados que dieron aquellos esfuerzos, por mucho que ahora solo sean recuerdo y polvo).
Vivir de las palabras tiene para mí dos partes. Una es literaria: fabricar historias. La otra es comunicativa: enseñar a otros a hablar mejor en público y fabricar mejores conversaciones.
¿Cómo va el salto? Acabo de publicar un libro digno titulado “Gente que sueña con edificios que explotan” (puedes encargarlo dedicado y firmado aquí para ralentizar un poco mi caída).
Hay personas que lo han comprado solo por curiosidad. Sin mucha esperanza. «No escribe mal del todo este chico» suele ser la respuesta.
Pero estoy a años luz del escritor que quiero ser.
No se me da mal juntar letras. Me atrevo a sobrepasar líneas. Soy rápido. Pulo más o menos bien los textos. Y poseo la habilidad más importante que puede tener un escritor: no me preocupa borrar.
Si quieres dedicarte a la literatura, pero te cuesta tachar una frase, un párrafo, una página o incluso un libro entero, ya te adelanto que no es lo tuyo.
A todo en esta vida, sobre todo a los libros, les sobra un 33 %.
Estas son mis escasas virtudes. Pero la lista de defectos es aún mayor. Padezco una obsesión enfermiza por los detalles. Se me cuelan chistes cutres de bar con demasiada frecuencia. Lío, por culpa de ser extremeño, los verbos dejar y quedar o caer y tirar. Aún no he conseguido borrar mi manía de contar historias personales disfrazadas de ficción (estoy aburridísimo de mí mismo).
Mi proyecto de una asesoría sobre oratoria y conversación marcha. Lento, pero marcha. Tengo algunos clientes que confían en mí para gestionar su oratoria y capacidades conversacionales.
Aunque nadie me sitúa en el mapa. Soy el último de la fila. Y me escuece. Me toca hacer algo a lo que, honestamente, no estoy muy acostumbrado: ser el último, picar piedra, comer trozos de apariencia poco jugosa.
Cuando miro a mi hija, se multiplican en mí las sensaciones de miedo y poder.
Me aterra no estar a la altura. No poder darle todo eso que los padres creemos que los hijos merecen, sea o no cierto. Incluso me preocupa que el día de mañana me eche en cara haber dedicado mi vida a las palabras, en vez de a facturar como un poseso.
Por otro lado, la sensación de poder que crece en mí viene dada porque ser padre es una forma excelente de rebajar el ego. No en vano dejas de dormir a pierna suelta y cambias pañales.
Si me llama una librería perdida en mitad de la España vaciada para hacer una firma, iré. Si solo vienen cuatro personas a una presentación en una biblioteca pública, pelearé cada segundo para que crean que es lo mejor que hicieron esa tarde. Si tengo que impartir un taller literario sobre cómo escribir una novela romántica, lo haré. Si me llama una pobre opositora que sufre pesadillas por el miedo a hablar en público que padece, se sentirá escuchada y haré todo lo que esté en mi mano para ayudarla.
Ahora toca pensar en pequeño. Olvidar la pasión.
Esta última frase es conflictiva. Muchas personas creen que la pasión es garantía de éxito. Error. La pasión suele llevar, con mucha frecuencia, a que seas un intenso insoportable.
Toca racionalizar. Hoy vendo diez libros. Mañana trataré de vender doce. Hoy tengo cinco clientes en la asesoría. En un mes intentaré tener diez. Mientras tanto, voy a esforzarme por escribir o hablar mejor. Seré el eterno estudiante. Reciclaré todo el escozor que me provoca no ser nadie para el mundo en amor para mi hija y unas horas más de esfuerzo para lograr mejorar.
Necesitaba escribir esto. Si has llegado hasta aquí, te doy las gracias por haber leído algo que se sale de mi típica línea editorial. Confío en que la autenticidad que hay bajo estas palabras se note.


Uff, qué difícil. Aún no hago mi primer salto al vacío, pero lo escucho llamándome.
Creo que tu hija te admirará. Me ha gustado mucho leerte y ya he comprado tu libro 😀