Cuando Fellini estaba grabando El 8½, ordenó poner una pegatina en la cámara con el texto: «Ricordati che è una commedia». Lo que en español viene a significar: «Recuerda que esto es una comedia».
Por entonces, el director ya era una celebridad mundial. La Dolce Vita había sido un éxito y podía hacer lo que le diera la gana. Pero los cheques en blanco traen consigo tal nivel de expectativas que rara vez salen a cuenta. Fellini estaba perdido, oscilaba como un metrónomo entre no tener ideas y tener demasiadas.
Lo resolvió a la italiana. Se marcó una película sobre un director con un cheque en blanco que no sabe qué quiere hacer y se siente perdido.
El 8½ es una película de escenas casi poéticas, pero todo el rato flota en la pantalla un vapor absurdo que susurra: «Esto va a salir mal, así que no te lo tomes muy en serio».
A Fellini le preocupaba caer en la solemnidad, de ahí la nota en la cámara. No quería aburrir ni entristecer. Me atrevería a decir que ni siquiera le importaba fracasar. Aunque, en la búsqueda de su derrota, los dioses del riesgo le regalaron un éxito convertido a día de hoy en clásico.
No es un mal truco. Ojalá fuéramos por la vida con una nota, un tatuaje, un fondo de pantalla o una puta taza de desayuno con el texto: «Ricordati che è una commedia».
Cada vez llevo peor a la gente que se toma demasiado en serio. Todos los que se ofenden con facilidad o se cabrean por cualquier broma sobre su forma de ver el mundo (política, religión, fútbol o moralidad) me aburren tanto que llego a desear tener la capacidad de desconectar de lo que me cuenten. Pero uno es un poco gilipollas y, por obtener datos para un futuro personaje, se queda y escucha. Más por curiosidad que por educación.
El problema vuelve a ser del enemigo de casi siempre: el ego. Solemos tenerlo inflado. El de algunos es tan grande que llega a ser visible desde algunas galaxias lejanas. Los alienígenas no nos han invadido aún porque se ven demasiados egos inflados vagando por la Tierra. Pobrecitos, pensarán, a ver si se matan pronto unos a otros y podemos bajar a echarle un ojo al Machu Picchu, al Taj Mahal, al Bernabéu. Ni de coña se les ocurriría abducir hacia su nave a un humano con peligro de ser un subnormal que se toma a sí mismo demasiado en serio.
Hace unas semanas pasé una tarde de mierda porque un concejal (o concejala, no demos pistas) ignoró mi ofrecimiento de colaborar con su ayuntamiento en algunos proyectos culturales. La oferta era jugosa, creo. Y sin afán recaudatorio para mis arcas. O no de manera directa, al menos. Sí, es posible que, si hago una presentación de mi último libro, venda un puñado de ejemplares. Pero cuando echas cuentas y comprendes que los escritores rara vez ganamos más de dos o tres euros por cada copia vendida, queda demostrado que el interés económico es ridículo.
Estuve enfurruñado durante horas. Me cagué en los muertos de los fundadores de su partido. Deseé maldades para su alma, incluyendo lo peor que a individuos del estilo puede sucederles: perder el poder, algo que, tal y como está el patio político, es más que probable. Incluso llegué a plantearme dar un paso al frente e ir en las listas de uno de los partidos contrarios para quedarme con su despacho. Y ahí me di cuenta del fango en el que me estaba metiendo. Paré en seco. Hablaba mi ego.
«Ricordati che è una commedia», me dije. Que un concejal o concejala me ignore tiene su gracia. Te pone en tu sitio. Ni en tu pueblo eres alguien, subnormal.
Algo que he aprendido desde que intento controlar mi ego y restar importancia a los sucesos que no salen como yo esperaba es que la risa abre más puertas que pasar toda la noche insomne y relamiéndote las heridas.
Tomarse demasiado en serio es la vía más corta para hacer el ridículo.
Cuando tenía diecisiete años, salí una mañana a predicar con los Testaferros del Javivi (se ha cambiado el nombre a algunas sectas). Biblia en mano, toqué una puerta y me salió un señor mayor con garrota y boina. Yo le conté que Dios prometía un mundo mejor. El señor me respondió que el mundo estaba de puta madre y que, si hubiera vivido en la Guerra Civil o en la posguerra, lo sabría.
Atrevido de mí, le contesté que me leía el periódico El País todos los fines de semana.
«Hágame caso, que yo sé mucho de política y economía, señor, los datos dejan claro que el mundo se aproxima al colapso», fue mi frase exacta.
El anciano me miró con cara de pena y, antes de dar un portazo, dijo: «Tú no sabes ni a tocino, gilipollas».
En italiano suena aún mejor. Por algo es el idioma más bonito del planeta.
«Tu non sai nemmeno di pancetta, coglione».
Junto con la de Fellini, esta también sería una buena frase para recordar cada mañana.
Compra ya “Gente que sueña con edificios que explotan”. Disponible en todas las librerías.
Y si lo quieres dedicado, firmado y con gastos de envío gratis, puedes hacerlo en la tienda de mi web: https://danierrantez.com/gente-que-suena-con-edificios-que-explotan



Jajajaja. Quién te iba a decir que el oráculo de Delfos llevaba boina?
Y es cierto... En italiano todo suena mejor. Mi marido puede decirme cualquier idiotez en italiano y a mi temblarme las rodillas.
“Recuerda que esto es una comedia”… me lo quedo, con permiso de Fellini. Qué bueno recibir tu correo en la bandeja otra vez.