Que todas tus mentiras se conviertan en verdad
Un relato.
¿Ustedes se imaginan que un día se hagan realidad todas las mentiras que han contado a lo largo de su vida?
Justo eso es lo que me ha pasado a mí. De la noche a la mañana pasé de ser repartidor de Pan Bimbo a vicepresidente del Real Madrid. Supongo que alguna vez mentí diciendo que me había cruzado con Florentino Pérez en un palco del Bernabéu y me había ofrecido el puesto ante mis buenas ideas sobre el rumbo que debía tomar el equipo. Hace un año, bum, Florentino en carne y hueso me esperaba junto a la puerta de mi casa —vestido con un chándal Kalenji, unas Crocs en los pies y un piti recién liado en la boca— y me dijo: «Paco, por fin te encuentro, te necesitamos, ¿quieres ser el vicepresidente del Real Madrid?». Y aquí estoy, con un despacho más grande que mi piso y un sueldo de la hostia. Prendí fuego a la furgoneta del pan delante del almacén.
Gracias a mis trolas siderales luzco más culto. Como he mentido tantas veces diciendo que soy un buen lector y me sé casi de memoria todas las obras de los autores rusos, ahora puedo pronunciar una frase cualquiera de Guerra y paz y la gente guarda silencio, abrumada ante mi vasto conocimiento.
El otro día, para no ir más lejos, me entrevistó un periodista del AS y, cuando me preguntó por el mercado de fichajes, respondí: «Un buen jugador de ajedrez, si pierde un caballo, se disgusta; pero si pierde un peón que forma parte de una combinación bien calculada, no le importa. En la guerra ocurre lo mismo».
A la mañana siguiente, el titular de portada fue: «Paco Núñez llega. Tiembla Florentino». Y eso que no tengo ni puta idea de a quién tengo que llamar para que fichen a un lateral izquierdo negro con pinta de haber llegado en patera a Europa.
Se me ha olvidado contar que ahora la gente cree que soy un activista de los derechos humanos. He mentido tantas veces diciendo aquello de que yo no soy racista ni machista y que apoyo mucho a los homosexuales, que ahora suenan campana de nominación al Nobel. Hasta en el Natura —¿alguien se fía de una tienda con un oso gigante de peluche en la puerta?— venden camisetas de algodón endémico, epicúreo, ético o alguna mierda de esas con mi cara estampada.
Lo he pasado mal, no se crean. Me ha costado el divorcio.
Raro era el día que no aparecía en mi puerta alguna supermodelo diciendo que quería follar conmigo. Paco, amorcito, me he comido doce horas de avión para que me des lo tuyo. Y yo, Francisco Núñez, seré un mentiroso, pero siempre le he guardado la cara a mi señora Conchita. Un poco por fiel y un mucho porque temía que, como se enterase de que le había puesto los tochos, me calzara una hostia que se me quitaran las ganas de mentir hasta a los de las oenegés que te paran por la calle para sacarte unos euros.
Todo por culpa de que uno está con los colegas en el bar y se deja llevar por la instintos cuando sale un pibón por la tele: «El otro día esa me escribió por Facebook para decirme que le diera lo mío».
La costumbre de mentir sobre el tema me viene de la época del instituto, cuando solía mentir diciendo que me había follado a varias compañeras de clase. Con esto de que todas mis mentiras ahora son verdad, las tipas van ahora por ahí diciendo que aquello no solo pasó, sino que fue el mejor polvo de sus vidas.
Ante todo el ruido ocasionado por la reciente fama, mi Conchita echó cuentas y me dijo: «Paco, yo siempre he creído que te desvirgaste conmigo porque no sabías ni que hacer en la noches de bodas, pero es que hasta mis compañeras del coro me dicen que tienes una polla muy juguetona. Me marcho de casa, te dejo unos tapes de albóndigas en el congelador».
Y aquí estoy: solo, ya sin albóndigas, triste porque se me fue la única mujer con la que me he acostado y agobiado porque tengo que rechazar todas las ofertas de sexo que me hacen porque tengo la esperanza de que mi Conchita vuelva y no quiero que me llame mientras yazco en pelotas con dos actrices suecas.
Me arrepiento más de eso que de haber mentido sobre las enfermedades que he padecido a lo largo de mi existencia. Menuda putada. Resulta que cada día tengo un achaque distinto, consecuencia directa de haberme escapado de ir a trabajar, de comer a casa de mis suegros, de la cita con el fisio cuando ya no me dolía tanto la espalda o de ayudar a unos vecinos con la mudanza con la mentira de tener dolor de cabeza, diarrea con sangre, tos ferina o un amago de infarto. Este extraño juego en el que estoy metido me está devolviendo cada achaque fingido con creces.
Esta mañana he amanecido con una erupción cutánea con picor intenso, consecuencia directa de haberle dicho a mi compañero Alberto que no iba a la presentación de su nuevo libro sobre el uso de hurones kamikazes por parte del ejército aliado contra los batallones nazis porque mi hijo —no tengo hijos— me había pegado la varicela.
Lo que empezó siendo divertido —¿quién no ha deseado alguna vez que sus mentiras se hicieran realidad?— ahora se ha convertido en una pesadilla.
Pero estoy tratando de resolverlo. ¿Cómo lo estoy haciendo? Mintiendo, por supuesto, dudo que haya otra forma de resolver el entuerto.
Por ejemplo, el otro día dije en público que si mi jefe anterior, el del Pan Bimbo, me perdonase lo de la furgoneta quemada y me ofreciera un ascenso de sueldo volvería a trabajar para él. Habrá que darle tiempo.
Aunque el mayor reto es recuperar a Conchita. Yo era más o menos feliz a su lado. Y ella, mal que bien, se apañaba conmigo. Una vez escuché cómo les decía a sus amigas que por lo menos no me huele fuerte el sudor ni necesito una máquina de esas de apnea.
Yo reconozco que era un machista de manual y que nunca hacía nada en casa. ¿Cocinar? Freidora de aire. ¿Lavar? Pereza. ¿Regar las plantas? Innecesario ante tanto parque público. ¿Arreglar los desperfectos de la casa? Prescindible habiendo bares.
Como mucho daba por culo. Conchita, este suavizante huele demasiado a jabón de Marsella. Conchita, te has pasado con la cebolla. Conchita, no salgas mañana en todo el día que va a llegar un paquete del Amazon.
Por eso he empezado a contar que si Conchita me diera otra oportunidad empezaría a ser un Núñez nuevo. Cocinaría rico y nutritivo cada día. Lavaría a mano todas las prendas delicadas. Puliría el gotelé de las paredes de casa. El primero en la estirpe Núñez que no podrá ser considerado un inútil.
Sueño con volver a esos tiempos en los que Conchita se encargaba de todo mientras yo veía el fútbol por la tele. Como en los setenta, ahí sí que vivían bien.
Lo de ir al palco y recibir a las autoridades o los presidentes de los equipos rivales no está mal para una o dos veces, pero luego te aburres y quieres ir a tu bar de siempre para emborracharte mientras llamas hijo de puta al árbitro o al entrenador propio o ajeno. Hace unas jornadas, para no ir más lejos, vino al estadio la Ayuso y cuando me preguntó qué había dicho tuve que responderle que «Me gusta la fruta». Me guiñó un ojo antes de girarse hacia Florentino y decirle: «Me encanta este pavo, si algún día no lo quieres nos lo mandas envuelto a la oficina».
No sé muy bien quién dirige esta movida de convertir mis mentiras en verdades. Pero estoy cansado. Empiezo a creer que es mejor ser introvertido que mentiroso.
Lo único que me reconforta es que mi caso no es el peor. Yo solo soy un asalariado, inseguro, machirulo y un poco fachilla al que le gusta el fútbol, el DYC y dárselas de Julio Iglesias. Pero pobrecitos todos aquellos que vivan de contar mentiras, como los escritores. Su vida debe ser un infierno. Con razón terminan todos alcoholizados, adictos al sexo o locos de encerrar.
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