Que mi familia no se entere de que Sherlock se coloca
Los libros, además de poderosos, exigen un esfuerzo que muchas mentes no están dispuestas a hacer.
Tenía diez u once años cuando empecé a ver la cocaína de otra forma. Fue gracias a Sherlock Holmes.
Para distraerme del cáncer de mi madre, mi tía Mercedes me regaló varios libros del detective. Cualquier excusa les valía para autoconvencerse de que el niño no sabía que en aquella casa ya olía a huérfano.
Si la criatura pide libros, libros le damos a la criatura.
En Pilar 44, Sherlock era un personaje simpático, pero por la televisión, no por los libros.
Con veinte años fantaseaba con ser uno de esos tipos que descienden de familias con bibliotecas voluminosas y cuidadas. Ejemplares heredados de Joseph Conrad por parte del abuelo y de Agatha Christie por el lado de la abuela. Un papá que coleccionaba Tintines. Una mamá que leía cada noche a Vargas Llosa y a García Márquez mientras el cocido hervía.
Pero no.
Tres de mis cuatro abuelos eran analfabetos. Uno de ellos solo sabía leer un poco, lo justo. La firma de la abuela Juana era una equis temblorosa. Mis padres solo leían la Biblia y folle…

