Yo lo que pido es que mi hija no se deje engañar por Disney y quiera ser la alfombra de Aladdín. No princesa. Ni de las clásicas —ya sabes que Blancanieves, Cenicienta y compañía están agilipolladas— ni de las modernas porque huelen a perroflauta. Alfombra de Aladdín, pero sin cargar con jeques, genios, Ranias de Jordania y toda la tropa de aprovechados que quieren volar gratis. Ella sola. Surcando los cielos. Moviéndose ligera de aquí para allá. Tú tienes pinta de viajado, ¿me equivoco? Tengo ojo para estas cosas. Bueno, eso y que busqué tu nombre en Google. Viene el camarero, ¿otra ronda?
Acepté. A pesar de que le había dicho a mi mujer que regresaría en media hora. Y allí estaba, sentado en una terraza de un bar inmundo con una casi desconocida llamada Nuria mientras su bebé de once meses nos miraba con un juguete en la boca.
¿Quién es Nuria? Una señora de Wallapop a la que el jueves le compré una cuna en buen estado.
La conversación por Wallapop había sido simple:
Hola, Nuria. ¿Aún la…

