Qué fácil es hacer sentir bien a otros
No puedo evitar enamorarme de todas esas mujeres que solo con respirar parecen tener poder sobre los elementos.
Aparenta setenta y algún pico. El doble de mi edad. Nos parecemos. O nos pareceremos. Sospecho que el día de mañana transmitiremos la misma paz y tendremos la misma calva.
Fue guapo. Aún lo es. Es posible que no le diera para protagonizar una carpeta adolescente en los noventa, pero estoy seguro de que acumula tres historias de amor intensas y algunas conquistas cuya culminación se perdió en otra línea del tiempo. Suficiente. Ser objeto de deseo de las masas está sobrevalorado, la gente acaba creyendo que, por ser tan guapo, eres cortito e inculto.
Cuando Siena, Neptuniana y yo llegamos a la terraza, su pareja y él nos saludan amables; piropo a la niña incluido. Buenas noches. Buenas noches. Hola, preciosa, menudos ojos tienes.
Me siento a escasos centímetros de él, pero la ventana espejada del BBVA que tenemos enfrente me permite ver la estampa que formamos. Movemos las manos de forma idéntica. Tanto que llega a preocuparme. ¿Será esto un juego de mi mente? La camarera rompe el hechizo con la peor frase que te pueden soltar cuando estás en Huelva: «Se nos han acabado las gambas».
Pedimos un agua con gas, una cerveza y tiempo para investigar el resto de la carta. La camarera se marcha. Debatimos: chocos, pez araña, algo con patas. Y entonces el tipo que algún día seré se gira hacia nosotros: «Los gambones al ajillo están deliciosos».
Compartimos el gusto por elegir con mimo las palabras. La frase no sale de su garganta como una imposición, ni siquiera como un consejo, se trata de una caricia. Una idea que flota en el aire tan ligera que no importa si la tomas o permites que se marche. Podría haber dicho «pedid los gambones» o soltar un «yo que vosotros». Pero ambos sabemos que los imperativos y las frases paternales son de alcalde casposo. No hay elegancia alguna en creer que tu verdad es única y absoluta.
También podría haber criticado a la camarera por no cantarnos los tres platos que hay fuera de carta. Pero bastante tiene la inexperta muchacha con no cortarle el cuello a alguien con la bandeja de acero inoxidable. En su lugar ha elegido dar una opinión personal, pero no férrea. Pedimos los gambones, por supuesto.
Neptuniana canta suave a Siena mientras le da el pecho, lo que me permite tener una excusa aceptable para escuchar la conversación que el tipo que algún día seré mantiene con su acompañante.
Explica de forma pausada la forma de brillar que tiene el agua al golpear contra las piedras de un acantilado cuyo nombre ignoro. Durante la descripción, evita decir maravilloso, fabuloso o increíble; términos tan generales y gastados que no aportan nada a la escena. Pero tampoco escucho ningún adjetivo rebuscado, de esos que intentan ocultar tu inseguridad iluminando la ignorancia del resto. Habla de una cortina compuesta por millones de pequeñas gotas que ocultan el sol. Expresa el ruido que produce el aire al salir por el avance del agua con un sencillo golpe de lengua: tchuuu, tchuuu. Confiesa que muchas noches tiene pesadillas con nadar cerca de aquel punto durante una tormenta.
El tridente mágico de una clase de comunicación interpersonal: simplifica, acaricia, demuestra que eres vulnerable.
Siena necesita pasear para dormirse. Es mi turno. Me pongo la mochila de porteo y nos alejamos unos metros de la terraza, con la niña reticente a dejar caer su cabeza sobre mi esternón. No la obligo. En su lugar, prefiero contarle a mi hija lo que veo en la mesa vecina.
Ahora es su pareja la que habla. Es algo más joven, cinco o seis años. Su pelo es abundante y ondulado. Me gusta cómo la mujer agarra el cuerpo de la copa de vino blanco con sus manos de uñas pintadas en color menta. Mal para que se caliente el vino, pero no puedo evitar que me transmita una sensación de poder. Este caldo cambiará de temperatura cuando yo se lo ordene, podría llegar a decir.
No puedo evitar enamorarme de todas esas mujeres que solo con respirar parecen tener poder sobre los elementos.
Estoy demasiado lejos como para saber lo que ella cuenta. Pero disfruto viendo cómo actúa él. Pocos lujos son tan agradables como observar a un buen conversador en acción.
Mira a los ojos. Pestañea lo justo. Asiente con frecuencia. Jamás interrumpe a la dama. Cuando hace una pregunta —es evidente por la duración de la respuesta que no son cerradas— eleva las manos mostrando las palmas, siempre sin superar la altura de sus hombros. Ríen juntos. Sincronizados. No hay nada importante más allá de su mesa.
Se lo cuento a Siena, que entre mi voz y el balanceo se rinde al sueño.
Regreso a la mesa. Cuando estoy a dos metros de él, alza su copa para darme la enhorabuena. Bien hecho, me dice cuando logro poner a la niña en su carro sin que se inmute.
Charlamos durante unos minutos. Es una conversación amable. Profundizamos lo justo para la duración que intuimos que tendrá nuestro encuentro. No hablamos del calor que hace por el día o de la brisa suave que corre en ese momento. Pero tampoco nos metemos en movidas filosóficas.
Piden la cuenta. No sin antes pedir una ronda para nosotros. Cuando se marchan, él posa su mano sobre mi hombro. Me hace sentir bien.
Disfrutad mucho de vuestra hija, dice, ya os habrán dicho que el tiempo vuela. Y entonces se marchan. Sin dar más ruido. Sin consejos vacíos.
La cerveza invitada que me sirve la camarera me sabe a gloria. Qué fácil es hacer sentir bien a otros.
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Sutil y precioso. Me ha encantado que hagas algo tan bonito de una situación tan cotidiana. Te echaba de menos, Errántez