Hace años, en un bar de Chamberí, salí a fumar con una chica. Nos habíamos dado cuatro besos guarros. Aquella criatura logró contarme toda su vida en lo que dura un Marlboro. Solo me dio tiempo de hacer una pregunta: ¿Practicas apnea para poder contar tan rápido tus traumas? No pilló la broma. Tampoco sabía qué era la apnea. Aquello bajó gran parte de mi libido.
Encendí otro cigarrillo. El vacío se apoderó de la escena. Decidí marcharme. «¿No quieres venir a casa para follar y eso?», preguntó ella cuando me vio pidiendo un Uber. El Toyota Corolla llegó justo a tiempo para no alargar la despedida.
Todo hubiera sido muy diferente de haber permanecido en absoluto silencio durante aquel primer cigarrillo. Sin decir nada. Callados mientras nos manchábamos los pulmones. Mirando el paso de la gente entre volutas de humo. Pero para eso hay que ser elegante.
Esa noche dormí con una francesa que conocí en Cascorro, justo al lado de casa. Fue fácil. Hubo ausencia de ruido salvo cuando fue necesario…

