Perdido el tren de haber sido un buen hijo, empiezo a plantearme la posibilidad de ser un buen padre. Ardua tarea. Maratón. La etiqueta de papá excelente no te la dan ni cuando empiezas ni cuando la palmas. Nadie espera mucho de un novato y no está bien visto criticar a un muerto fresco. Lo importante es lo del medio. Hay que confiar en que el poso que dejes en tus hijos tras años de cuidarlos sea digno. Porque tiene cojones que, después de todo el lío que conlleva la paternidad, el recuerdo que guarden de ti sea un «menudo hijo de la gran puta» o el clásico «menos mal que el viejo dejó buena herencia».
A lo que sí podemos aspirar desde ya, sin haber muerto, es a etiquetas mucho más cotidianas, como buen amigo, buen profesional o buen ex.
No es que esas etiquetas sean asequibles. Tampoco es que sean necesarias. Pero a mí me agrada acostarme a unos centímetros de mi hija, mirar al techo y susurrarme: hoy tampoco has sido un capullo.
Hay muchos menos buenos amigos y profesionales de los que solemos creer. Y un buen ex es casi un unicornio. Guardar un recuerdo agradable de la pareja que fuimos, después de haber secado los reproches al sol y sin comparar los caminos separados que nos han traído hasta este presente, es el mayor ejercicio de equilibrismo que pueden llevar a cabo dos adultos maduros.
Sobre las dos primeras etiquetas tendrán que responder mis amigos, clientes y lectores, a quienes invito públicamente a expresarse. Pero sobre la tercera, la de ser un buen ex, tengo varios apuntes que confirman que no lo he hecho mal del todo.
El argumento más poderoso para confirmar mi condición de buen ex es que casi todas mis novias del pasado continúan leyéndome. La mayoría de ellas tiene en casa un ejemplar firmado de Gente que sueña con edificios que explotan y cada semana abren esta newsletter con la duda de si deslizaré entre sus párrafos alguna de las anécdotas grotescas que compartimos. Más de una vez he recibido algún mensaje del tipo: «Eres un cabrón, pero te leo siempre hasta el final. Dale un beso a Neptuniana y un achuchón a Parténope».
No conozco a un solo escritor o escritora que, en sus comienzos, no haya usado una línea, una página o hasta un libro entero para hacer justicia con un ex. Y está bien. Más vale airear las venganzas por escrito que subir una historia cutre a Instagram. Así, al menos, mejoramos nuestra capacidad lectora.
Se nos olvida con frecuencia que solo hay dos motivos para empezar a escribir: follar o curarse. En ambos casos hay un fondo de presunción que la mayoría niega. Todos los que escribimos tenemos un ego importante, sin que eso signifique que seamos sucias ratas de alcantarilla. Si escribes y acabas de negar esto, te invito a reflexionar con un libro de Hemingway en la mano.
El primer relato que escribí iba sobre un niño que viajaba por el mundo en una bicicleta voladora para encontrar, en países lejanos como India, Madagascar o Perú, un remedio mágico para la enfermedad de su mamá. Tenía diez años. El relato era tan malo y predecible que, si hubiera estado firmado por Juan del Val, nadie lo habría notado (dicho con mucho cariño, Juan, no te me enfades, que sabes que te leo. Además, tú eres alto y tienes un Planeta).
Cuando escribí aquello, no hacía otra cosa que intentar paliar mi miedo a que mi propia madre muriera. Perseguía una curación en las letras.
Una vez resuelto el trámite de ser huérfano, me puse con lo otro. Gasté infinidad de noches y hojas de cuadernos que ocultaba entre los libros del instituto con tal de follar. Aunque, en aquellos años puritanos y adolescentes, con tocar una teta ya me apañaba.
El resto de mi vida como aficionado a la escritura siguió ese interminable bucle —curar, follar, curar, follar, curar, follar— hasta que lo de ser escritor se convirtió en algo serio, cotidiano, carente de exotismo. Una profesión como cualquier otra, incluidos los 415,74 euros que acabo de pagar a Hacienda este trimestre por mi actividad literaria.
Sigo creyendo en el poder curativo de escribir y me esfuerzo por ayudar a otros a hacerlo, pero me aburre profundamente el discurso del escritor que dice curarse escribiendo. Si en una entrevista escucho a algún juntaletras decir que su nuevo libro ha sido un ejercicio curativo o de liberación, lo descarto de mis posibles lecturas. Uno se cura leyendo, yendo a terapia, meditando, no soltándole su mierda a gente desconocida. A llorar a la llorería, coño, no a la librería.
Y por eso me leen mis ex. Tengo mucha suerte de que hayan formado —y sigan formando— parte de mi vida. La mayoría son mujeres superlativas y bonitas que, además de aguantarme durante una temporada, han sido capaces de comprender que soltar las vergüenzas, contar las rupturas, juguetear con el placer de reconocer los errores o exponer las traiciones no es una forma de curación ni de venganza, sino puro entretenimiento.
Hacer sangre, limpiar mi pasado o dar lecciones no me interesa lo más mínimo. Mi único dogma es no aburrir. Y que hayas llegado hasta el final de este artículo. Todo lo demás, incluso lo que pienses de mí, es secundario.

