Este tío va a odiar a Leiva, se juró cuando su ex —fan incondicional del fundador de Pereza— cortó con ella.
Durante semanas estuvo mandándole canciones de todos y cada uno de los discos del madrileño a su recién estrenado ex, especificando una estrofa concreta, hablase de amor o no, y añadiendo coletillas del tipo «esta frase me recuerda tanto a nosotros» o «echo de menos escuchar esta canción contigo».
¿Lo consiguió? Años más tarde se reencontraron en una boda. Cada uno con sus felices nuevas vidas, hijos de edades similares incluidos. El saludo fue tenso, pero amable. Se evitaron con elegancia calculada durante todo el banquete.
Casi al final del evento, fue ella la que se acercó hasta él y le preguntó si le concedía ese baile. Por supuesto, respondió. Para asegurarse de que aquello no provocara un cisma, le lanzó un «espero que no te importe» a la actual pareja. La sonrisa de la otra mujer mientras daba el pecho a un bebé con cascos para evitar que el ruido de los altavoces dañase los tímpanos del niño confirmó que su ex había elegido bien. No pudo evitar sentirse una madre horrible cuando vio aquello. A ella ni se le había pasado por la cabeza comprar semejante artilugio, motivo por el que su marido estaba en el KIA Sorento escuchando el fútbol bajito mientras la niña dormía.
Bailaron una lenta en silencio de voces, pero no de miradas. Se pusieron al día solo con los ojos. A veces del amor ya no queda ni la muestra, pero persiste el idioma que inventamos juntos.
Cuando me lo contó, ni siquiera hizo el esfuerzo de explicarme los pormenores de aquella conexión sin palabras. Insistí. Cinco años dan para decirse mucho con cada pliegue del cuerpo, fue toda su respuesta.
Solo fue necesario usar la voz para hacer un reproche. Me hiciste odiar a Leiva, hija de puta, confesó él. Ella estuvo a punto de gastarle una broma diciendo que se lo había tirado en un festival, pero se decantó por no hacer más sangre.
El amor es el motivo más razonable para perdonarse a una misma haber hecho el ridículo.
Quien más, quien menos, ha caído alguna vez en las garras del ego herido por culpa de una persona a cuyo lado hubiéramos pasado la vida entera. Suelen ser mucho más literarios y explosivos esos finales y coletazos de rabia que los comienzos, frecuentemente plagados de clichés y frases hechas.
Se despidieron con un abrazo que lo perdonaba todo e incluía un agradecimiento por haberlos llevado hasta ese niño con cascos para proteger los tímpanos o esa niña que dormía en el asiento trasero de un coche mientras sonaba Tiempo de juego.
Son los y las ex quienes nos llevan a conocer a las personas más importantes de nuestra vida: los hijos. No está de más agradecérselo, aunque sea desde la distancia y brindando con una solitaria copa de vino junto al frigorífico. Los fracasos, las decisiones y puede que hasta las traiciones de todos aquellos amores caducados han dado vida a personas que en el futuro también harán el ridículo por amor.
Lo complicado de todo esto es saber dónde está la línea de corte. Si cuesta distinguir hacer el ridículo por amor de planificar un delito, hay que ir a terapia. Incluso hay quien objeta que solo se hace el ridículo por desamor. Poco importa el matiz. Hasta en la rabia hay deseo.
De lo que no tengo ninguna duda es de que hay que hablar del tema con absoluta naturalidad (¿existe algún tema del que no haya que hablar con naturalidad?). No pasa nada por reconocer que aquella noche se te fue de las manos mezclar alcohol con WhatsApp o aceptar que te metiste en aquel trío solo por despecho.
Hace quince años, mientras vivía en Badajoz, alguien contrató una valla publicitaria —de las que usan los de Carrefour para anunciar su 3x2— señalando una casa cercana con una flecha y el texto negro sobre fondo rosa: «Aquí me pusieron los cuernos». Duró dos días y, pese a que lo intenté, no logré averiguar nada más de la historia. Luego me alegré. El volumen de teorías que me monté en mi cabeza fue descomunal. Lo único que espero, por el bien de quien hizo aquello, es que algún día, en una sobremesa, alguien le pida que cuente cómo se le ocurrió contratar una valla publicitaria gigante para hacer justicia con su ex y que la historia sea tan buena que termine provocando varias carcajadas.Para esos ratitos está haber sufrido por amor, ridículo incluido.
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