Ponme una de miserias familiares
Deja de fingir que Almodóvar o Los Javis van a usar tu historia para su próxima película.
Fue en una terraza de Malasaña cuando comprendí que esa parte de mi cerebro encargada de acallar labios y cuerdas vocales ajenas estaba tratando de advertirme algo importante.
Una chica llamada Alicia —lo recuerdo porque mi hermana se llama así— me narraba su historia familiar, convencida de que se trataba de una versión castiza de los Lannister o los Stark.
Adoro las historias de miserias familiares, pero ese día aprendí algo importante: detesto que quien me las cuenta trate de hacer uso de ellas para sacar brillo a su ego o ganarse una palmadita en la espalda.
Alicia no empezó mal del todo. El padre era alcohólico o algo parecido, la madre sufría fibromialgia o algo parecido, y uno de sus hermanos fumaba porros, coca, popper y algo parecido. El argumento era mediocre y predecible, pero podría haber sido suficiente para una tarde tonta de jueves.
Sin embargo, mi cerebro apagó el micro cuando la conversación giró hacia el terreno turbio de la superación personal. Mira qué lejos he llegado…

