Acepté en 2.º de la ESO —cuando algunos de mis compañeros de clase comenzaban a tener pinta de bigardos— que yo tendría que ser rápido, listo y simpático para prosperar en la vida. Estaba entre las filas de los tirillas y no tenía pinta de que aquello fuera a cambiar mucho. Salgo a la familia de mi madre.
Con lo de rápido y listo me quedé corto. No pude hacer mucho más. Si uno llega a esta reencarnación escaso de luces, por mucho que te adornes no estás destinado a revolucionar la teoría de cuerdas. Así que mi única esperanza para sobrevivir con cierta dignidad era ser simpático. Eso y caerle bien a los porteros de las discotecas, la única figura de autoridad que sigo respetando.
Hubo un tiempo en el que algunos porteros me llamaban por mi nombre cuando acudía a sus garitos. Me sorprendió descubrir que los más profesionales, aquellos que no se metían demasiadas hormonas de esas que te dejan los huevos como una chufa, eran buenos conversadores, incluso más allá de las tres de la mañana. …

