No pensar en los demás
Escribir flojito es como nadar sin mover los brazos para evitar salpicar. Más pronto que tarde te vas al fondo.
La empatía está bien, es una cualidad bonita, casi mágica. Pero destroza la literatura.
Con frecuencia dejamos de escribir o contar algo solo por si alguien se ofende.
Y encima caemos en el absurdo juego del ego.
El que escribe no cuenta algo que le ha pasado a un amigo suyo solo porque cree que todo el mundo en este país va a leer su columna, artículo o relato al día siguiente y el amigo le vaya a llamar ofendidísimo o pidiendo el 20 % de los derechos.
Por su parte, el supuesto protagonista se cree justo eso: protagonista. Como si el hecho de aparecer en una historia inspirada en algo gracioso, dramático o tétrico de tu vida fuese garantía de que van a confundirte con La Falcó de camino a la oficina o yendo a clases de alfarería, papiroflexia o cualquier mierda con la que intentas decorar las esquinas de tu triste vida.
Las historias son más importantes que las personas. Por eso alcanzan la eternidad.
También está el tema de ofender.
Pasamos de puntillas por nuestras propias narraciones con…

