No le robes a nadie su fe
Viajar no me abrió ningún chakra. No me hizo más espiritual, al menos no en el sentido habitual de la palabra.
Cuando en 2024 lo dejé todo y me fui a dar la vuelta al mundo, quería conocer gente interesante, capturar momentos con una cámara y atrapar personajes para futuros libros.
Pero había un objetivo más: deseaba que aquel viaje sirviera para rellenar mi depósito de espiritualidad.
Notaba un cable de alta tensión, grueso y rojo como la lava, soltando chispazos dentro del pecho. Mis santas tripas pedían un propósito y algo de paz.
Había vagado durante años por los bares de Madrid buscando el elixir de las noches cortas. Lo encontré. Sabía rico. Pero no lo suficiente como para consumirlo hasta el final de mis días.
Y en 2022, apareció Neptuniana.
No hay que enamorarse de alguien que quiera regalarte su calma, sino de quien te anime a encontrar la tuya.
Ella fue exactamente eso.
Por eso me apoyó cuando decidí probar con el yoga. Estuvo bien. Fiel a mi costumbre, me convertí en un completo obseso. Iba a una o varias clases cada día. Leí cientos de libros sobre el tema. Asistí a conferencias. Me apunté a retiros. Durante un tiempo creí que la clave podía estar en el Kundalini. Pero no.
Si el marcador siempre se queda en cuatro quintos, allí no es.
¿Estarían mis respuestas en alguna de las esquinas más perdidas de los mapas que pretendía recorrer?
El primer país de la vuelta al mundo fue Singapur, un crisol de culturas y religiones. Una mujer nos enseñó por la mañana a rezar en un templo hinduista y, por la tarde, otra hizo lo propio en un templo sintoísta. Disfruté de ambos momentos. Pero no terminó de calar. Demasiado pronto, tal vez. O es que tampoco era allí.


Unos días más tarde llegamos a Bali, donde pasamos casi un mes. Tengo clarísimo que el ritual más hermoso que he practicado en mi vida pertenece a esa rareza fascinante llamada hinduismo balinés. Lo tiene todo: flores, incienso, mantras, fuego, agua sagrada... Disfruté. Sentí cosas. Añoro aquellos días. Volveré a vivir en «la isla de los dioses» con Neptuniana y Siena. Volveré a disfrutar de sus rituales, de sus templos y de sus costumbres. Y volveré a marcharme.
Seguí intentando llenar ese depósito espiritual en países como Malasia, Tailandia o Japón. Sin resultados reseñables. Hasta que me reencontré con el cristianismo en Filipinas.
Ver de nuevo iglesias, vírgenes y santos fue agradable. Asistí con un extraño fervor a varias misas multitudinarias en Manila y Cebú. No recé. No encendí ninguna vela. Pero estuvo bien.
¿Sería un nuevo comienzo? ¿Necesitaba haber cruzado medio mundo para regresar a la religión de mis orígenes? Ojalá. Mis dudas sobre el asunto siguen superando a las certezas. Lo de Filipinas fue un espejismo bello. No hubo revelación de camino a Damasco, pero entender las referencias de los cuadros y vidrieras me pareció agradable.
Meses después llegamos a la India. Hice muchos amigos sijs. Me atraían su disciplina, generosidad y serenidad. Incluso contemplé la posibilidad de respetar durante un año algunas de sus creencias, como no cortarme el pelo o llevar siempre encima un puñal.
Pero en el avión Delhi-El Cairo —Egipto supuso nuestro salto a África— comprendí que aquello era admiración, no fe.
En contra de la creencia popular, viajar no me abrió ningún chakra. No me hizo más espiritual, al menos no en el sentido habitual de la palabra.
Había hablado de ello con un monje en el norte de Nepal. Escuchó mis dudas y añadió que cada persona llega a la iluminación y logra su paz como puede. Algunos utilizan religiones; da igual el nombre o el número de sus dioses. Otros —entre los que el monje me incluyó mientras apoyaba con cariño una mano sobre mi cabeza— necesitamos abrirnos nuestro propio camino, sable en mano, a través de la maleza.
¿Logré mi objetivo? ¿Encontré la deseada calma? ¿Di con mi propósito?
Sí. Sucedió mientras navegaba el mar Caribe, justo después de cruzar a vela el Atlántico.
El descubrimiento se produjo en una de mis guardias en solitario, con la luz del amanecer dibujando la silueta de Puerto Rico a estribor.
No tenía que encontrar nada, todo lo que necesitaba ya estaba dentro de mí (o muy cerca). Tocaba valorar lo que tenía, cuidarlo y amplificarlo: buenos amigos con los que compartir sobremesas, suficientes libros y la valentía de haber dejado un trabajo que ya no me apasionaba por hacer lo que siempre había querido: escribir, contar historias y enseñar a otros a contar mejor las suyas.
Aunque la vuelta al mundo sí me trajo dos regalos en forma de rutina.
La primera fue la meditación. Sin exotismos ni humo de incienso como si estuviera ardiendo Alejandría. Y puestos a pedir, que venga con una copa de vino, quizá un puro —vive un marqués dentro de mí— o dos humildes onzas de chocolate.
La segunda es que nunca hay que robarle a nadie su fe. En algunos casos es lo único que tienen.
Cuando vivía dentro de la secta de mi familia recibíamos un entrenamiento muy intenso para rebatir ideologías contrarias. Aquella gente tenía incluso libros específicos para encontrar los puntos débiles de católicos, budistas, adventistas y hasta ateos. Porque el ateísmo, al final, tampoco deja de ser fe.
La idea que tenían en Pilar 44 era sencilla: «Si no piensas como yo, voy a machacarte».
Después íbamos de puerta en puerta intentando demostrar a la gente que ese pequeño atisbo de esperanza que conservaban era erróneo.
«Pero mire, mire. Aquí le traigo una esperanza mejor: la mía».
Durante años, y a pesar de haber renegado de todo aquello, esa forma de actuar permaneció dentro de mí. Me encantaba buscar grietas, contradicciones y atajos en cualquier conversación sobre asuntos espirituales. Fue un error inocente.
Hoy prefiero escuchar. Intentar comprender. Y participar, cada vez que me invitan, en cualquier evento religioso o espiritual.
Si eso ayuda a otros a sentirse mejor, siempre y cuando no hagan daño a nadie, ¿quién se cree mi ego para darse tanta importancia?





Bro qué agradable es leerte!
Acertado. Sublime. Como siempre