Nos distanció una canción de Nacho Vegas.
Cada mañana nos dedicábamos un tema. Era una costumbre de esas que parecían existir desde antes que el mundo. Todo iba bien: Iván, Xoel, Quique, Joaquín, Los Planetas, Love of Lesbian…
Beatriz no solía dar demasiadas explicaciones. Adjuntaba la canción con un correcto Buenos días. Yo siempre fui fiel a mi personaje; cada referencia iba acompañada de un texto a modo de excusa para demostrar que no estaba hueco del todo.
Aquella mañana yo envié Me he perdido, pista uno de Verano fatal, ese disco que se marcaron a medias Cristina Rosenvinge y el mencionado Vegas. Esta fue su respuesta:
«Hola. No me ha gustado esa canción. Odio a Nacho Vegas. Ah, y no creo que debamos seguir hablando. Cuídate».
Y desapareció. Me molestó su mal gusto. Por lo de la canción, no por el despido. Los daños fueron mínimos, pero la lección fue inolvidable: es más fácil perder que mantenerse intacto.
Las despedidas, unos cuernos, la muerte o el cáncer suelen esperar al otro lado…

