Morir, flotar, dar la vuelta al mundo
Un relato.
El día que mi abuelo murió, comenzó a flotar.
Aquella mañana, su cuidadora se lo encontró con los ojos cerrados, las manos entrelazadas y levitando a cincuenta centímetros de la cama. Fiambre, pero ligero.
La llamada que nos hizo a la familia fue certera: lamento comunicarles que don Servando ha fallecido y flota. Dijo flota con la misma naturalidad con la que podría haber dicho supura, rezuma o tirita.
Yo fui la última en llegar a la habitación. Allí estaban papá, mamá, la tía Romina con su último marido —creo que era el séptimo, puede que el octavo; a partir del cuarto pasamos de aprendernos los nombres—, y mi prima Natalia con Cástor y Póllux, sus gemelos de cinco años.
Natalia es la vanguardista de la familia, un agujero negro para cualquier tendencia.
Hace tiempo estaba a tope con la disciplina positiva, pero desde que el rollo Montessori se hizo fuerte entre el populacho y te montan una escuela respetuosa con la infancia en cualquier esquina, decidió dar un giro a su filosofía: regreso a la Revolución Francesa, paren la fábrica de mimos, a hostia limpia con lo de vivir.
—Me he traído a los niños para que espabilen. Tienen que ver la muerte de cerca, oler la cadaverina. Vale ya de tanto Bluey y la puta madre que parió a la perra comunista esa. En casa ahora solo ven vídeos de buitres devorando cadáveres en descomposición. Son muy aleccionadores. Al principio les costaba un poco dormir, pero ya lo llevan mejor —aclaró ante mi cara de asombro al ver a las criaturas temblar.
Ninguno de los presentes se había atrevido a tocar el cuerpo. Tan solo habían pasado la mano por debajo y por encima del cadáver flotante para comprobar que no había ningún hilo o soporte invisible que engañara a los sentidos.
Pero yo no pude resistirme. Cuando toqué la cara del abuelo para besarlo, me sorprendió la ligereza de su cuerpo. Con un empujón mínimo, su cuerpo se desplazó un par de metros en horizontal, llegando casi a rozar a mi tía Romina, que no paraba de persignarse.
—Aléjate, Belcebú. Ay, Jesús. ¿Y ahora qué van a decir los vecinos? Este hombre siempre con sus excentricidades; no puede morirse y ya, no, tiene que ponerse a flotar. A ver cómo lo meten los de la funeraria en la caja.
Los susodichos llegarían una hora después para llevárselo al tanatorio. Decidí aprovechar ese tiempo para conducir con pequeños empujones el cuerpo del abuelo por toda la casa, para que se despidiera de su hogar. Me sorprendió que, si se lo pedía, el cuerpo del abuelo me seguía. Los niños —menos asustados— quisieron subirse en él varias veces, hasta que su madre les dijo que el bisabuelo no era la puta alfombra mágica de Aladdín.
Cuando llegaron los de la funeraria, lo primero que hizo papá fue preguntarles cómo de frecuente es ver un cadáver levitando. El mayor de los dos transportistas de corbata negra fue tajante:
—Señor, llevo casi treinta años en el negocio; he visto de todo, ya nada puede sorprenderme.
Bajaron de nuevo al coche para recoger el ataúd y, al entrar con la caja en la habitación, el cuerpo del abuelo cayó al suelo provocando una ligera polvareda.
—Ay, Jesús, por fin se rinde —dijo la tía Romina.
Nada más lejos de la realidad. Durante dos horas, los de la funeraria pelearon para meter el cadáver en la caja. No lograron separar su espalda del suelo ni un solo milímetro.
—Parece el puto martillo de Thor —dijo mi prima, muy dada al uso como adjetivo del puta y del puto.
—¿Y esto no le sorprende? —inquirió mi madre.
—¿Un muerto que no quiere meterse en la caja? Es el pan nuestro de cada día, señora. Una vez hice un traslado desde Bilbao a Sevilla y el fiambre se bajaba del ataúd con nosotros siempre que parábamos a tomar algo. Hubo que pagarle un menú del día, quince cervezas y dos carajillos. Somos profesionales, estamos acostumbrados a estas cosas, y ya les digo yo que a este hombre solo van a enterrarlo cuando él quiera.
Se marcharon de casa con la caja de pino vacía. El cuerpo del abuelo volvió a flotar en cuanto arrancaron el Mercedes.
Y entonces llegó Vargas.
—Buenos días, soy Celestino Vargas, abogado y guía espiritual de don Servando. ¿Saben ya quién va a hacerse cargo de acompañarle?
—¿Se puede ser abogado y guía espiritual? —pregunté extrañada.
—Por supuesto. Los abogados a secas están en caída libre; en poco tiempo la IA hará su trabajo. Los clientes de hoy no solo quieren paz en los asuntos terrenales, también quieren apoyo en lo etéreo.
—Ay, Jesús. ¿A dónde hay que acompañar a este hombre? —expresó preocupada la tía Romina.
—A buscar su sitio en el mundo —respondió el abogado.
—¡Pero si mi padre tenía 92 años! Tiempo ha tenido de encontrarlo.
—Don Servando dispuso que uno de ustedes lo acompañaría hasta su lugar de reposo eterno. Todos los gastos pagados, por supuesto. Ya habrán comprobado que es ligero y dócil. Solo hay que encontrar el metro cuadrado preciso en el que mi cliente quiera dejar que su cuerpo regrese al polvo.
Como todos nos quedamos callados, el abogado añadió una frase lapidaria:
—No habrá herencia hasta que don Servando repose en su lugar de descanso eterno.
La tía Romina, deseosa de pillar el ático de Concha Espina, montó en cólera. Aunque hubo una sorpresa aún mayor.
—¡Descanso eterno mis cojones! —dijo el séptimo, puede que el octavo, marido de mi tía—. Ahora mismo bajo al coche a por gasolina y un mechero y nos marcamos un Varanasi en un momento. Suelta la pasta, cabrón.
Se hizo un silencio incómodo en la estancia. Nos quedamos mirando a la tía Romina, deseosos de ver su reacción.
—Nadie habla así a mi padre. Solo yo. Lárgate de aquí y no vuelvas. Nos divorciamos. Mañana te llama mi abogada para el papeleo. Esta no es guía espiritual, pero te aseguro que es tan hija de puta que te va a hacer la vida imposible como no colabores.
Cuando el séptimo, puede que el octavo, marido desapareció de la casa, todos estuvimos de acuerdo en que cumplir la última voluntad del abuelo era la única solución, aunque la prima Natalia dejó caer que tampoco veía tan mal lo de prender fuego al cuerpo para que los niños presenciaran cómo arde un cadáver.
Y entonces fue evidente el gran problema: ¿quién estaría dispuesto a dejar su vida para acompañar a un muerto flotante por todo el planeta para que encontrase un lugar en el que morir tranquilo?
Papá y mamá se negaron. La prima Natalia dijo que ella ya tenía bastante con Cástor y Póllux. La tía Romina alegó que, si no soportaba a su padre vivo, menos aún muerto; además, los divorcios le quitaban el apetito y las ganas de viajar.
Todos me miraron. Y yo, que andaba tratando de vender vapeadores en un estanco y mis últimos novios me habían llegado con más traumitas que detalles, acepté por puro “de lost to the river”.
Fue entonces cuando el abogado y guía espiritual me entregó un sobre con todo lo que necesitaría para dar la vuelta al mundo con mi abuelo muerto y flotante para encontrar su lugar de descanso eterno.


Menos mal que Romina sabe que la sangre es más importante que el matrimonio.
Dime que sigue, dime que sigue!!