Morir, flotar, dar la vuelta al mundo
Un relato.
El día que mi abuelo murió, comenzó a flotar.
Aquella mañana, su cuidadora se lo encontró con los ojos cerrados, las manos entrelazadas y levitando a cincuenta centímetros de la cama. Fiambre, pero ligero.
La llamada que nos hizo a la familia fue certera: lamento comunicarles que don Servando ha fallecido y flota. Dijo flota con la misma naturalidad con la que podría haber dicho supura, rezuma o tirita.
Yo fui la última en llegar a la habitación. Allí estaban papá, mamá, la tía Romina con su último marido —creo que era el séptimo, puede que el octavo; a partir del cuarto pasamos de aprendernos los nombres—, y mi prima Natalia con Cástor y Póllux, sus gemelos de cinco años.
Natalia es la vanguardista de la familia, un agujero negro para cualquier tendencia.
Hace tiempo estaba a tope con la disciplina positiva, pero desde que el rollo Montessori se hizo fuerte entre el populacho y te montan una escuela respetuosa con la infancia en cualquier esquina, decidió dar un giro a su filosofía: regre…

