Tiene tres hijos: Chanelita, El Pistolas y Ojos de Taladro. Llamémosla Lupe. No es su nombre real, pero ella sabrá reconocerse.
En cambio, sí son ciertos los motes que ella misma asignó a cada uno de sus hijos aquella mañana de sábado en la que nos conocimos. Fue en un curso de aromaterapia. Los motivos por los que yo estaba allí carecen de valor en este instante.
Lupe me adoptó al instante. Suele pasarme. Si sacáramos un porcentaje de mis relaciones con féminas, diría que el trozo más grande lo ocupan Las Lupitas, aquellas que quieren adoptarme. No se trata de adoptar como a un hijo, más bien como a un perrillo callejero gracioso, de esos que están a punto de ser sacrificados pero se salvan sobre la bocina porque mueven mucho la colita y te chuperretean lo que les pidas. El siguiente grupo lo conforman las que solo me quieren con tal de salir en un relato. Me escribes lo mío y te marchas, me han susurrado algunas veces al amanecer. Juegan con fuego: nunca se sabe qué clase de artimaña …

