Una vez compré un diccionario para ligar con una filóloga. En aquel momento me pareció un plan sutil. El paso de los años lo ha revelado tan lamentable y vergonzoso que merece ser contado. Rasquemos las miserias. Demos al enemigo pólvora.
El volumen en cuestión se llamaba Diccionario etimológico indoeuropeo de la lengua española. He vuelto a buscarlo. La portada es tan horrible como yo la recordaba.
La chica era pelirroja, tenía un piercing en la nariz, vivía en Salamanca y me gustaba su forma de fumar en la terraza de su piso de estudiantes. Nunca llegué a estar de cuerpo presente en aquel rincón, pero vi tantas fotos de esa terraza que la siento tan cercana como la primera vez que visité Manhattan.
Una cuesta inmensa y algo más de diez kilómetros habían separado nuestras infancias. No nos conocíamos, pero uno de los dos pulsó el botón de seguir en Instagram. Sin presentaciones. Gracias a una foto de su TFG cacé la fascinación que le causaba la apasionante (sin ironía) historia de las l…

