Me acordaba del ritmo
La vida es absurda, bonita y estúpida, porque una cadencia es lo único que queda tras cientos de noches al lado de alguien.
Ya no recuerdo la voz de mi madre. Perdí su timbre en alguna de las veintidós mudanzas que llevo desde su muerte.
Dudo que fuera capaz de acertar en una rueda de reconocimiento auditiva. Tampoco es que fuera una voz bonita. Creo. Tenía otras virtudes. También creo. Cocinar no. Eso lo sé seguro. Su plato estrella eran unos huevos rellenos con dos tiras de pimiento rojo cruzadas encima. Un horror.
Del resto de su vida y obras tengo dudas. Ochenta-veinte. Setenta-treinta, máximo. Se fue demasiado pronto como para que yo pudiera conocer el ciento por ciento de la mujer que se ocultaba tras la capa.
Lo que sí recuerdo es el ritmo que usaba al hablar. Ta, ta, tatatatá, pum, pum, fuuuu.
Todos los que la conocieron coinciden en que me expreso igual que ella; salvo por el detalle de que yo digo más palabrotas y tiendo a maldecir con mayor frecuencia.
A mi padre solo sueno cuando toso. Expectoro idéntico. Antes me asustaba. Durante una época trataba de cambiar el cof cof cof de mis resfriados y grip…

