Matices, palmeras, amor y bacon
Me gusta la gente que se da la mano por debajo de la mesa, y me reconforta cazar un cruce de miradas entre amantes cuyo contenido ignoro.
A todas las playas les quedan bien unas palmeras. No hay comida que no mejore con un trozo de bacon crujiente. Y el amor siempre sabe mejor con la libertad para marcharte como bandera. No te necesito, cariño, pero te elijo.
Tú eres mi pasaporte para ver la otra cara del mundo, decía la protagonista muerta de una de mis novelas favoritas, dejando caer que, en algún momento, se acabarían las hojas para estampar sellos y tocaría cambiar de documento. Hasta aquí hemos llegado, Folques. Ella no quería saber nada del pasado del hombre con el que compartía cama, quizá con la esperanza de que fuera diferente, menos idiota, con un encefalograma picudo y sin llanuras ni celos retrospectivos. Perseguía lo más difícil que una persona puede guardar: matices. Confiar en que la elección de amor en este trozo de vida no huela a rancio antes de que llegue la fecha de caducidad es otra forma de fe.
Los matices marcan la diferencia. Son gestos ligeros que ignoran el rolar del viento para evitar la prontit…

