Manual para provocar historias en una boda
Las novelas se fabrican tirando de los hilos que cuelgan de cada pregunta.
Durante años he intentado mantener una costumbre en las bodas a las que he asistido. Siempre en secreto. Confío en los escasos hábitos de lectura de los pocos amigos solteros que están suscritos a esta newsletter para poder seguir con la tradición.
Es por todos sabido que, salvo que seas un jeta o los novios manejen pasta con holgura, a una boda se va siempre con un sobre cargado de billetes o con un Bizum enviado.
No puedo evitar reírme durante ese momento en el que los recién casados se dan un garbeo por las mesas con un claro interés pecuniario.
Con la discreción que solo poseen los buenos camellos al entregar el costo, suele haber un intercambio de sobres llenos de efectivo por un regalo tradicionalmente cutre: un puro seco, una botellita de licor malo, un llavero feo, una figurita que dormirá el resto de su vida en el cajón de las mierdas.
Hay casos peores. Unos clientes que me invitaron a su boda regalaron unas garrafitas de aceite de oliva virgen extra —no recuerdo si eran 50 o 100…

