Tres momentos transformaron mi vida para siempre. El primero fue cuando empecé a mear sentado. Cada semana tenía alguna discusión con la mujer de mi padre por gotitas amarillas. Harto de no saber manejar aquel apéndice enorme —imito a un amigo que compraba en la farmacia de su pueblo condones XL para que se corriera la voz—, decidí sentarme en la taza. Mano de santo. Jamás he discutido con una pareja por gotitas amarillas. El segundo fue cuando aprendí el valor del misterio. Contarlo todo reseca. No hay lubricación en el exceso de información. Aplica a cada faceta de la vida. El tercer momento fue una lección: somos los que somos gracias a los besos que no dimos.
Mi mecha es corta con las exploraciones bucales. Una vez, paseando disfrazado con Asier por Cambridge, nos encontramos en un bar con una despedida de soltera. Me comí la boca con las quince asistentes, incluidas la madre de la novia, la futura suegra y seis señoras maduras que olían a gatos. Serían las tías por alguno de los f…

