Lo que los cuernos han unido
Cualquier parecido con la realidad en este relato es pura casualidad. O no.
La novia de mi amigo Roque le confesó los cuernos que llevaba cometiendo desde la cena de Navidad, justo una semana antes del confinamiento por aquel virus que se nos fue de las manos. Cada uno por su lado. Tú con Papá Noël. Y yo con mi soledad. Así será. Pero dame unos días para encontrar piso, pidió la recién estrenada ex, más segura de su nuevo amor que de la oferta inmobiliaria.
Adoro cuando la realidad se pone juguetona. Un incendio leve en el piso cutre y compartido del amante —señora mayor del primero B olvida quitar el lenguado del horno— hizo que la nueva pareja sintiera el frío de la calle en sus nucas. Y ahora, ¿dónde vamos a vivir? ¿Crees que Roque…?
Te vas a reír, dijo ella.
Fue lo mejor que se le ocurrió para introducir la charla en la que rogó sin fingimientos al traicionado que les permitiera vivir en su piso —propiedad de los padres de Roque— durante unos días. Tres o cuatro, no más, hasta que demos con algo. Dormiremos en la cama de 90 de la habitación pequeña. No harem…

