La vida es eso que pasa entre dos buenas conversaciones
Lo mejor de mí acontece cuando soy capaz de mantener una conversación suave y tranquila, de esas en las que las palabras son caricias y ambos disfrutamos de los silencios que rellena el mar.
Aún no estoy hasta los cojones de conocer gente nueva. Tampoco es que me ilusione como antes. No me empalmo, pero mis neurotransmisores mantienen cierto brillo, sin llegar a ser el led de invierno en Vigo que era.
No hablo de conocer gente grandilocuente. De interactuar con ídolos están las decepciones llenas. Hablo de conocer a personas anónimas con las que tal vez me haya cruzado alguna vez por una calle de Madrid o compartido pista en el Wizink y cuya existencia me resultaba irrelevante hasta que la casualidad y un puñado de euros nos han juntado en algún rincón del planeta.
Quizá lo que ha cambiado es que ahora medito más tras cada nuevo contacto y fruto de una de esas meditaciones nace este escrito.
El escenario suele ser espectacular, casi místico. Todos los que estamos allí nos hemos comido 15 horas de varios aviones para ver aquella estampa. Pero ante el calorcillo de la gente nueva, poco o nada me importa lo que digan la Lonely, Alan o Luisito. Tomo alguna foto veloz y decent…

