La recomendable idea de tener una doble vida
Harto de vivir todo a través de los personajes que leía, decidí que algún día saldría a recorrer el mundo mientras me juntaba con malas compañías, cerraba bares o besaba tantos labios como pudiera.
Nunca fui un alumno popular en el instituto. Tampoco es que mis compañeros me hicieran la cruz. Me llevaba suficientemente bien con todos, pero no sobresalientemente bien con nadie. Supongo que mi cabeza comenzaba a estar en otros lugares, y yo para ellos era un bicho raro. Ser casi el único Testigo de Jehová del instituto no ayuda a socializar; pero en aquel momento —y pese a mi falta de fe—, no tenía la suficiente confianza en mí como para dejar aquella secta.
De los cinco días de la semana lectiva solía juntarme cuatro recreos con las chicas y uno con los chicos. Eran aún aquellos tiempos en los que el patio se dividía por sexos. Me lo pasaba mejor con ellas, aprendía cosas. Pero de vez en cuando me iba con mis compañeros, no fuera a ser que… Gilipolleces.
Cuando llegaba a casa solía tener algún castigo que, a diferencia de los descuentos y promociones, sí eran acumulables. La causa solía ser mi lengua rápida. Responder o soltar una frase fuera de tono es un vicio que me voy quitando…

