La novela rural soñada
Un relato.
Cuentan que Fausto Rodríguez tuvo una revelación el mismo día que le echaron del trabajo: para escribir su novela rural soñada tendría que irse a vivir a un pueblo de la España vaciada.
El día de la partida —subido al techo de su Seat Altea— prometió a los pocos familiares y amigos que habían ido a despedirse que regresaría con un éxito literario y quince kilos menos.
El discurso fue algo parecido a esto:
—Parto a escribir mi novela rural. Me llamarán el nuevo Delibes. Mis pulmones se limpiarán, diré adiós al asma, ya no necesito este Ventolin —lanzó al aire el inhalador, que fue a parar a los pies de un mendigo—. Adelgazaré gracias a cocinar con las verduras de mi propio huerto. Cuando me crezcan los tomates y ganen confianza las gallinas, puede que no necesite tocar los 1200 euros que me dan de paro. La única excepción serán unos billetes que usaré para sonsacar historias a los vecinos en la tasca más cutre. Con mi carisma y unos chatos estoy convencido de que en unos días confiarán en mí, me contarán sus vidas y allí estará mi trama. ¡Marcho!
Los oyentes tardaron un poco en entender que el discurso había terminado y tocaba aplaudir. Mientras se bajaba del techo, Fausto comprendió que aquel «¡marcho!» era un final flojo.
Había leído en el Manual Costello para ser escritor que las palabras de apertura de una narración son las más valiosas. Pero nadie le había dicho que también importaban las últimas, aunque es cierto que no se había leído el manual completo. Nadie se lee entero ningún manual literario, ni siquiera el famoso Costello.
Arrancó el Altea, metió primera, pitó efusivamente y vio alejarse las caras de los suyos a través del espejo retrovisor. Eran tan pocos que se perdieron rápido.
—
No paró hasta llegar al pueblo elegido. 577 habitantes. Una iglesia. Un bar cutre. Poco futuro.
La casa que había alquilado olía a humedad, polvo y jabón Heno de Pravia.
Fausto podía con lo primero y con lo segundo, pero no soportaba aquel olor que le recordaba a su abuela Carola. Aquella mujer solo sabía freír muslitos de surimi, ver telenovelas y obligarle a lavarse la entrepierna con Heno de Pravia.
—Refriégate bien, Fausto, que te huelen los andares a mazmorra.
Dedicó los tres primeros días a encontrar y neutralizar el foco de olor a vieja. La puta pastilla estaba oculta en el falso fondo de un armario mil veces repintado.
Preparar el huerto —también de alquiler— no fue fácil. Necesitaba herramientas, formación y suerte. Ya habréis imaginado que no andaba sobrado de ninguna de ellas.
Su amigo Jorge contó en el entierro de Fausto que nada más llegar al pueblo le mandó una nota de voz en la que decía esto:
—Estoy contento, tío. Más o menos. Va a resultar que la vida rural es más dura de lo que dicen. Novecientos euros me he gastado en Amazon. Tengo azada, desbrozadora y mula mecánica para muchos años. Me he gastado otros trescientos euros en plantones, abono y unas gallinas. También he tenido que comprar unos libros sobre horticultura, no sé ni por dónde empezar. Y encima aquí nadie me habla, me miran con sospecha, ni que tuviera yo cara de psicópata.
Fausto sí tenía cara de psicópata. No era culpa suya, sino de la raqueta marca Babolat que un verano le había regalado su difunto tío Alonso.
Era bastante bueno, no como para llegar lejos, lejos, pero se podría haber quedado en algo más que cerca.
La putada fue que en un torneo le tocó enfrentarse en primera ronda a un tipo al que llamaban El Matamoscas.
Fausto lo barrió con un doble seis cero. Si hubiera dejado que su rival ganase un punto, es probable que El Matamoscas no hubiera saltado la red y destrozado la raqueta, marca Wilson en su caso, contra la cara del futuro escritor.
El ojo izquierdo se le quedó un poco a la funerala y le faltaba un trozo de labio. Cuando despertó del coma, narró con todo lujo de detalles una animada conversación con Dios —agregó que se parecía a Amancio Ortega, pero más hippie y con unas gotas de Bunbury— en la que este le aseguraba que sería un escritor famoso si hacía caso a su instinto.
Fausto no volvió a agarrar una raqueta jamás. Los testigos presenciales de la agresión contaron que El Matamoscas había salido de la pista silbando feliz, a pesar de llevar la cara y el polo llenos de sangre.
Con lo que le dieron de indemnización, Fausto, se había comprado una biblioteca razonable: todos los autores rusos, Siglo de Oro, una buena Odisea, el manual Costello para ser escritor…
A pesar de que en el pueblo no le tragaban ni la fortuna ni los vecinos, Fausto decidió insistir. Así terminaba, según Jorge, aquella nota de voz:
—Los elementos están en mi contra, pero todos me amarán cuando mi novela rural sea un éxito.
—
Entraron a robarle las gallinas y las herramientas una noche de principios de agosto. No creció un solo tomate en aquel huerto, ni pimientos, ni berenjenas, ni calabacines. Solo pepinos. Cientos, miles, puede que millones de pepinos. No llegó a averiguar si había sido una broma, un error o un engaño.
Más o menos por aquellos días se abrió una cuenta de Instagram. Hoy por hoy, pese a llevar unos años muerto, solo tiene una publicación en aquella cuenta.
Si la vida te da pepinos hay que hacer pepinada, pone en el texto que acompaña diez fotos con cubos y cubos llenos de pepinos. Lo bonito es que, si te paras a leer los comentarios, hay infinidad de personas que admiran y agradecen su buena mano con las palabras.
Tu libro me cambió la vida, gracias, Capitán Pepino. DEP. Buen pepino, mejor pluma, eterno Fausto. DEP. Mi biblioteca gira en torno al pepino de tu libro. DEP, maestro.
Fausto intentó ganarse a los vecinos regalándoles pepinos.
—Hola, soy Fausto, el vecino, os traigo pepinos. ¿Hola? Pepinos, pepinos ricos, son de regalo.
La gente no le abría la puerta. Se corrió la voz en el pueblo de que aquella ofrenda tenía algún sentido oculto. Todos le evitaban, hasta el ciego de los cupones, harto de llegar a casa cargando pepinos.
—
Medio año más tarde este era el recuento: cero páginas escritas, cero amigos, cero anécdotas de las que tirar, cero kilos adelgazados, cero euros ahorrados.
Y entonces llegaron el invierno, los resfriados, una neumonía jodida y los caldos de Miguela, una jubilada que volvió a su pueblo harta de pagar un riñón al mes de alquiler en Barcelona.
Si no llega a ser por ella, Fausto hoy no sería famoso.
Me gusta decir que Fausto tuvo con Miguela dos de los tres golpes de suerte que la vida nos concede a todos. La llegada de aquella mujer fue el primero. El segundo lo convirtió en eterno. Pero no adelantemos acontecimientos.
A Miguela le faltaba una pierna. Fausto no contaba con enamorarse, menos aún de una mujer con una pierna menos, pero el amor no entiende de extremidades pares.
Contrajeron nupcias en enero. Era la condición de Miguela: caldos y pajas los que quieras, incluso alguna mamada, pero lo de allá abajo solo con el permiso del de allí arriba.
Fausto aceptó “empalmado” y se fue en busca del cura, al que no le costó mucho convencer de que aquel trámite fuera rápido y sin cursos cutres:
—Usted decide, don Fulgencio: o nos casa esta semana o le juro que el próximo verano le lleno la iglesia de pepinos.
—Pero, Fausto, las cosas no se hacen así.
—Hasta ese cartel donde pone INRI le van a llegar los pepinos— dijo Fausto mirando al Cristo.
La ceremonia se celebró en la más absoluta intimidad. Cinco familiares por parte del novio —los del espejo retrovisor— y diez por parte de la novia.
Aquella noche de bodas, Fausto comprobó que el placer en el sexo es inversamente proporcional al número de huesos. Las posturas se multiplican con un pierna menos. El encaje de los cuerpos amplía con holgura sus grados.
Así empezó su matrimonio. Los dos años más felices en la vida de ambos.
Fausto fue sincero con la que sería su viuda en todo menos en una cosa: la novela rural soñada. Mentía cada mañana a su mujer, diciéndole que se encerraba en la habitación a escribir.
—¿Cuántas páginas llevas? —preguntaba ella.
—Unas mil, pero tengo que borrar. Lo dice el Manual Costello para ser escritor.
Y esa mentira le granjeó la eternidad como uno de los nombres más respetados de las letras hispánicas.
Tres años después de su llegada a aquel pueblo, Fausto logró por fin tener algunos amigos, cosechar tomates, recoger huevos de sus propias gallinas y adelgazar. Pero seguía sin poder escribir una sola palabra de su novela rural soñada.
Todos conocéis a Fausto Rodríguez. Todos habéis leído su obra. Pero esto que cuento a continuación es lo que de verdad ocurrió.
Fausto tenía la costumbre de visitar la urbe para echar un ojo al piso de sus padres un par de veces al año. Y, para ahorrar, siempre ofrecía su Seat Altea en BlaBlaCar.
Y que un tal Genaro aceptase viajar con él fue el último golpe de suerte de su vida.
—Soy Fausto, encantado —dijo mientras abría el maletero del Seat Altea al viajero.
—Genaro, un placer —respondió este, metiendo una maleta grande y una caja de cartón en el maletero.
Tardaron unos cien kilómetros en ganar confianza como para hablar de sus proyectos.
Así fue como Genaro le contó que había dejado su trabajo en la ciudad para mudarse a un pueblo con el objetivo de escribir su novela rural soñada. Había sido un acierto. La gente del lugar le había recibido con hospitalidad infinita: casa gratis, un huerto, acceso a todas las historias locales…
—Esa caja de cartón del maletero contiene la novela completa, escrita a máquina. Tendré que pasarla a ordenador y ofrecérsela a varias editoriales. ¿Y tú, Fausto, cómo acabaste por aquí?
—¿Yo? Nada, lo de siempre, mi mujer es de aquí.
Cuando pararon en la gasolinera, Fausto no pudo evitar la tentación de abrir la caja y leer la primera página mientras Genaro estaba en el baño.
¿Admiración, envidia, curiosidad, odio? No sabemos qué se formaría dentro de la cabeza de Fausto, pero él tomó una decisión.
Lejos de Genaro, llamó a Miguela para decirle que la quería y le contó que se había traído la novela rural soñada sin darse cuenta. Un despiste. Si me pasa algo, la publicas, dijo en un sucedáneo de broma.
Los dos hombres se subieron al Seat Altea. Fausto arrancó, salió a la carretera, 180 km/h, desabrochó el cinturón del copiloto y estrelló el vehículo contra un árbol plantado cerca de la calzada. Ambos murieron en el acto.
Miguela enterró a Fausto en su pueblo, lloró la pérdida y se dispuso a revisar aquella novela rural escrita por su marido. Fiel a su estilo, estaba claro que había borrado mucho. Le extrañó que estuviera escrita a máquina, pero no quiso darle importancia.
Tras recibir el no de tres editoriales, hubo suerte con una cuarta. Fue el libro del año. Dicen que de la década. Fausto fue nombrado hijo predilecto del pueblo.
Con el dinero que ganó, Miguela se fue a vivir a un crucero. Solo se bajó del barco cuando la palmó y hubo que enterrarla.
Nadie se ha vuelto a acordar de Genaro. Un muerto. Nada más.
Fausto solo leyó una página de su éxito. Suficiente. Chúpate esa, manual Costello para ser escritor. Quiero creer que, un segundo antes de estrellarse, soltó al aire su cierre favorito: ¡Marcho!


Queremos la película. Ya.
Amo.
P.D. Yo a dios siempre me lo he imaginado un poquillo Bunbury cuando la bandana.