La media Fender
Y otras formas de hacer justicia con un ex. Un relato.
Supe que algo raro pasaba cuando Carla me pidió prestada una amoladora.
Todo empezó con un mensaje de WhatsApp a las 23:59 de un miércoles:
—Si tuvieras que cortar una guitarra eléctrica en dos mitades, ¿cómo lo harías?
Soy de esas personas que responden rápido a las preguntas extrañas y luego, «ya si eso», preguntan por el origen de la duda.
—Con un serrucho ya tiraría, pero si quieres un trabajo rápido y limpio, lo mejor es una amoladora —respondí.
—Tú tienes un carro lleno de herramientas, seguro que tienes una de esas. ¿Me la prestas?
Ahí empecé a preocuparme. ¿Por qué una persona que pide ayuda para poner la pegatina de la ITV en el cristal delantero del coche me estaba pidiendo una radial?
Preferí llamarla por teléfono.
Álvaro la había dejado. En realidad, lo había pillado en la cama con su prima Mónica. Con la de Álvaro, no con la de Carla. Muy Lannister todo. La muchacha, tapada con las sábanas del ajuar que la madre de Carla se había empeñado en hacer, trataba de defenderse diciendo que, en realidad, «primos, lo que se dice primos, eran sus padres». Para tratar de no sentirse tan sucia, añadió que «solo eran segundos».
—Entonces, ¿para qué quieres la amoladora? —pregunté.
—Para serrar la Fender Stratocaster color verde menta de Álvaro y traerme la mitad, como si fuera un trofeo.
—¿De verdad crees que partir en dos la guitarra de tu ex va a ayudarte a sentirte mejor? ¿No crees que es mejor tratar el tema con la psi...?
—Se folla a su prima en las sábanas que me bordó mi difunta abuela.
—¿Cuándo te llevo la amoladora?
Seguro que habéis visto alguna vez esa escena típica del cine en la que un personaje enseña a otro a disparar con un revólver, normalmente apuntando a unas latas o unos botellines. Yo hice algo parecido con Carla en la plaza de garaje de su amiga Marta. Tras dos horas de práctica con la amoladora, era capaz de cortar tablas de madera y trozos de metal sin excesivo riesgo de perder una mano.
El atentado contra la Fender se produjo al día siguiente. Quiso ir sola.
—Este ajuste de cuentas es mío. Nos vemos luego.
Carla llegó al piso que antes compartía con Álvaro a las seis de la tarde, aprovechando que el susodicho sudaba en el gimnasio. Cargó en un par de maletas gigantes compradas para tal fin casi toda su ropa. Las sábanas bordadas por las manos artrósicas de la difunta abuela seguían puestas en la cama. No quiso saber nada de ellas, demasiado ADN de la misma familia impregnando los hilos. Hay pérdidas peores. Llevó las maletas al coche —por si era necesario huir ligera— antes de proseguir con el plan.
El ajuste de cuentas tenía dos partes.
Primero lanzó por la ventana los discos del DVD de *El padrino* y *El padrino II*, dejando las cajas vacías. No tocó *El padrino III*. Le sonaba que era muy mala.
—Jódete, cabrón, por pesado con Al Pacino y por machirulo.
Segundo: descolgó de la pared la Fender, se colocó las gafas y los guantes de seguridad, sujetó la guitarra en la mesa de la cocina —usando para tal fin un par de sargentos que insistí en que llevara— e inició el corte con la amoladora, midiendo con bastante buen ojo entre la tercera y la cuarta cuerda.
Pocas veces me he sentido tan orgulloso de ser un buen maestro: en menos de cinco minutos ya estaba lista la obra de arte.
Volvió a colgar en su sitio una de las mitades de la Fender —para darle dramatismo al momento en que Álvaro se la encontrase— y salió de aquella casa para no volver nunca, con la otra mitad de la guitarra sobre el hombro.
Media hora más tarde estábamos tomando algo en la terraza de nuestro bar de confianza, en la plaza de Cascorro. Carla se había encargado de invitar a todo el mundo al encuentro.
Cuando la vimos aparecer desde la calle de la Ruda levantando la media Fender como si fuera un trofeo, comenzamos a gritar y silbar. Ha habido celebraciones de Champions del Real Madrid mucho más silenciosas.
La historia de la media Fender fue corriendo de boca en boca. Había gente que se acercaba a Carla para pedirle una foto. Tuvo algunas críticas, ¿cómo no? Algunos la llamaron pirada. Y puede que algo de razón tuvieran, pero a los amigos hay que apoyarlos hasta en sus instantes más histriónicos.
Los más cercanos a Carla nos juntamos en torno a ella cuando en la pantalla de su móvil apareció el nombre de ÁLVARO AMOR.
—¿Vas a responder? —preguntó Marta.
—No, voy a dejar que sufra y me llame varias veces —dijo Carla—. Y luego voy a hacerle una videollamada para que podamos verle el careto.
Celebramos la ocurrencia con unos chupitos.
Tras el brindis, Carla inició la videollamada, cuidando el encuadre para que nosotros pudiéramos ver la pantalla sin aparecer en cámara. Salían sapos, culebras y flemas de la boca de Álvaro. Nunca nos cayó demasiado bien. Era de esos tipos que se creen carismáticos por llevar bigote, consumir drogas modernas y trabajar en una startup.
—Hija de puta, puta loca, loca, loca. ¿Cómo se te ocurre? ¿Sabes lo que vale esta Stratocaster edición limitada?
—Supongo que ahora cuesta la mitad —dijo Carla, levantando el móvil para que nos viera a todos.
Yo tenía en las manos la media Fender. La levanté con orgullo. Nunca me he sentido tan odiado.
Álvaro cortó la videollamada mientras profería un larguísimo:
—Ahhhhhgggg.
Paseamos la media Fender por Madrid, imitando la cadencia de una procesión. Carla encabezaba la comitiva; el resto seguíamos sus pasos, emitiendo con los labios una especie de «pum, purrupupum, pum, purrupupum».
Algunos guiris y japoneses se unieron a la comitiva. Pero lo que convirtió la anécdota en mito fue el encuentro con Fito Cabrales.
El cantante firmó la media Fender, hizo como que tocaba «Por la boca vive el pez» con las cuerdas que quedaban y se hizo cientos de fotos con los presentes.
La historia se hizo viral. Mucha gente creyó que formaba parte de la campaña de presentación de la nueva gira de Fito y Fitipaldis.
Pero cuando realmente supe que se nos había ido de las manos lo de serrar la Fender fue cuando un reportero del programa de Sonsoles se personó para entrevistar a Carla.
—A ver, cuéntanos, Carla, ¿qué te llevó a cortar en dos la guitarra de tu ex?
—Es mi forma de hacer justicia.
—¿Tu forma de hacer justicia?
—Sí, se foll... Uy, que esto lo ven niños. Te suena lo de «cuanto más primos, más me arrimo», ¿no? Pues eso. Justicia.
—¿Y te ha servido? ¿Estás más tranquila?
—Ahora sí. Mañana, tras la resaca, llegará el bajón. El domingo estaré destrozada. El lunes pediré cita a mi psicóloga. Luego comenzará mi recuperación. Y algún día, no sé si más o menos cercano, contaré riéndome la historia de cuando serré la Fender de mi ex y la paseé por todo Madrid.


Echaba de menos un relato. Por mí como si publicas uno cada semana Te lo dejo como idea…
Me encanta tratar de imaginar que parte de lo que escribes sucedió. Porque, conociéndote sin conocerte en persona, algo de esto te ha pasado seguro. me ha encantado.