Hace unos días, mientras paseaba por mi pueblo ataviado con un chándal digno de un cocainómano, una vecina se acercó a saludarme.
—¿Y ahora qué vas a hacer con tu vida?
Durante unos segundos, frente a aquella mujer y con la terraza del bar La Palma a reventar, pensé en Juan José Millás y Leiva. Son vecinos. Se admiran. Se escuchan. Se cruzan con frecuencia por el barrio. Y aun así nunca se han saludado. Por respeto o por discreción, jamás han intercambiado una sola palabra.
Cuando respondí que ahora me dedico a escribir, la vecina se alejó de mí como si tuviera lepra y me gritó:
—¿Te crees Góngora? La literatura no sirve para nada.
Mientras regresaba a casa, caí en la cuenta de que algo de razón no le faltaba. Es bastante probable que los escritores formen parte de uno de los gremios más inútiles de todo el muestrario de profesiones. Hagamos un repaso rápido.
Un bombero. Bien. Es útil. Te apaga un fuego, te rescata a un gato, te junta veinte días de vacaciones para iros de viaje.
¿Sanitarios…

