Hazte amigo de los malos
Tengo un pasado interesante. Y eso ya es más de lo que mucha gente tiene.
Ayer caí en la cuenta de que mi forma de imaginar el mundo cuando mi padre me echó de casa estaba influenciada en un 17 % por Café Quijano. Esperaba que ese ansiado planeta por recorrer se pareciera a las historias que la banda contaba en sus canciones.
Mi amigo Diego El Topo me dejó en tercero de la ESO el disco La taberna del Buda y ya nada volvió a ser igual. Una vez me los encontré en un área de servicio cerca de Almansa. Iban en una furgoneta. Supongo que de camino a algún bolo. Les di un abrazo. Chicos, con vosotros empezó todo.
Si nos atenemos a sus discos, el mundo según los hermanos Quijano se compone de bares oscuros tirando a prostíbulos, sillones de cuero rojo y beige, mucho tío roto viendo pasar la vida entre copas y boleros, mujeres entregadas al vicio y hoteles jamaicanos con detalles de lujo romano en los que la norma es jugar a lo prohibido.
Con eso y una mochila salí de casa, persiguiendo rincones parecidos a los que la música, el cine y la literatura habían dibujado en mi imaginación.
No exagero si digo que cada vez que he entrado en un bar oscuro a las tantas de la noche me he repetido el mantra: «Actúa como si fueras un Quijano». Daba igual que estuviera pasando unos días en San Sebastián, Senegal, Camboya o Antigua y Barbuda.
Algo deben de tener las tascas y los tugurios para atraerme tanto. Cuando llego a la ciudad o al pueblo de alguien y se dispone a enseñarme sus bondades, siempre le pido que incluya en el recorrido algún bar del palo.
En “Gente que sueña con edificios que explotan” —podéis comprarlo en librerías o, si vivís en España, dedicado y firmado aquí—, uno de mis personajes dice una frase que subrayo. No lo hago con todo lo que escribo:
«Todas las tascas del mundo parecen formar parte de la misma franquicia decadente por la que siento un magnetismo casi místico».
No me queda muy claro si los hermanos Quijano se toman en serio la vida o no. Y por eso me encantan. Sé que Siena aún no pilla todos los matices de sus canciones, pero para que se vaya acostumbrando, el otro día le hice un simulacro de videoclip con los muñecos que pillé por casa, incluida una rana con los ojos saltones y un aspecto muy parecido al de mi querido Manuel, el hermano que canta.
A los que sois de ciudad grande, rollo Barcelona o Madrid, os cuesta entender la influencia que tiene ver a tres tipos de León —ellos mismos se llaman «pueblo grande»— viviendo la vida como si Miami, La Habana o Manhattan fueran su entorno natural. Eso es adaptación al medio y lo demás es cuento.
He sufrido a veces cierto complejo por ser extremeño. Como si nacer en un pueblo perdido de Badajoz me hiciera un bicho raro, sin voz ni voto en ciertos tugurios. Pero ellos me enseñaron la actitud: sonríe mucho, hazte rápido amigo de los malos y canta canciones exóticas.
Mi ausencia de habilidades musicales, ya sabéis que soy arrítmico total, la compensaba narrando buenas historias o prometiendo que algún día ellos saldrían en uno de mis relatos. Todos queremos salir en algún libro, leamos mucho, poco o nada.
Por suerte, he logrado entender, a base de resacas, que no necesito llevar una mala vida para construir personajes dolidos que acortan las noches a base de ginebra y humo. Mi hígado, mis pulmones y mi cerebro me han agradecido aprender a estar sin participar.
Una vez salí de fiesta con un famoso jugador de fútbol al que conocí trabajando. La gente se acercaba a él para pedirle fotos y autógrafos. Una chica tan rubia como artificial me preguntó: «¿Y tú eres alguien?». Mi respuesta fue: «Yo soy el que luego cuenta lo que ve».
No sé si no entendió la frase por ser demasiado simbólica o si le dio pereza estar frente a un escritor. En el gremio ya no tenemos el empaque de hace décadas. Hoy todo el mundo publica libros. El caso es que se marchó sin decir adiós, tras soltar un lacónico: «Ah, vale».
Escribo esto desde mi huerto. Huelo raro, mis zapatillas están llenas de barro y tengo las uñas de un color marrón poco apetecible. Ha sido una cosecha de tomates, pepinos y berenjenas dura, pero he logrado hacer algún gazpacho y varios botes de tomate frito y salmorreta muy dignos.
Mientras oigo cómo el viento mece los olivos, quiero creer que los hermanos Quijano se sentirían orgullosos de este pobre hortelano extremeño. Cumplí el objetivo de caer en algún sillón de cuero rojo y beige en un planeta cuyo tamaño he reducido.
Siendo honesto, ya no siento la necesidad de ir a tantos bares ni de conocer a tantos malos. Pero tengo un pasado interesante. Y eso ya es más de lo que mucha gente tiene.
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Las canciones de Café Quijano y Al Calor del Amor en un Bar de Gabinete Caligari me ambientan directamente en La Habana en 1950, si bien nunca he estado en Cuba y nací siempre hubo algo que me atrajo a la pérdida de la inocencia que siguió a la Segunda Guerra Mundial. Gente cínica envuelta en humo de cigarrillos, sobreviviendo pero con estilazo e intentando que no fuese demasiado dura, la vida, digo.
Libro pedido, a pesar de que no me encanten las tascas oscuras ni los Café Quijano