Siempre creí en la astronomía como método seguro, fiable y exótico para ligar. ¿A quién no le gusta besar a alguien que sabe orientarse haciendo uso de las estrellas?
Lo hacían algunos de los héroes de mi infancia. Esos que protagonizaban los libros que leía. Historias sobre piratas, marinos, reporteros con flequillo. Más tarde llegaron un tipo que intentaba regresar a Ítaca, Marlow, Lingard y el mismísimo Conrad.
Aprendí a localizar Polaris con quince años gracias a un libro sobre el tema que tomé prestado (y nunca devolví) de la biblioteca de mi pueblo. Otro día hablaremos de libros robados. Tengo unos cuantos en mi haber y cero cargo de conciencia por ello.
Cada vez que me surgía la oportunidad de explicar cómo se localiza Polaris no dudaba en hacerlo. Es fácil. Quien más, quien menos, sabe localizar la Osa Mayor. ¿Lo tenemos? Bien. Ahora hay que fijarse en las dos últimas estrellas, las más alejadas de nosotros si estuviéramos empujando ese carro. Si multiplicas por cinco el espacio …

