Hacer las cosas a medias
Un relato.
Tomábamos una cerveza sin gluten. Ninguno de los dos somos celíacos, pero a los del bar se les había estropeado el grifo. Yo guardaba silencio, analizando los matices del líquido. Mi amiga hablaba sin parar. Este fue su discurso íntegro a partir del minuto siete, momento en el que —con su permiso— encendí la grabadora del iPhone:
Si destaco por debajo me echan. Pero si destaco por encima me envidian. Y luego me echan. Somos españoles, no gringos. Prefiero seguir siendo un número. Una nómina sin disgustos en la declaración de la renta. Deja ya de pretender sacar lo mejor de mí con tus buenos consejos. Apestan a Padre rico, padre pobre. Aquí, competitividad, la justa. Yo solo quiero catorce pagas y unas semanas de vacaciones que gastaré en cualquier playa abarrotada de neveras llenas de cerveza Steinburg y tortillas muy cuajadas.
Tampoco es tan grave tener una hipoteca a medias con mi novio. Ya sé que te parece un pelele, pero en treinta y dos años podré librarme de él. Te acepto lo de que no es un lumbreras. El pobre sigue creyendo que J. D. Salinger es un jugador de la NFL. Pero no me da sorpresas. Ni malas ni buenas. A estas alturas, con eso me apaño. Ni para ponerme los cuernos le llega. Tonteará cuando sale con sus amigos, no te digo que no. Pero ni se marcha ni me trae venéreas. Conoce las ventajas de nuestra vida monótona y plana, con las gotitas justas de tristeza.
Ya ni siquiera compro lotería. Imagina que un jueves tonto nos toca un Euromillones. 130 millones de euros. Qué pereza. Odio que nos obliguen a dárnoslas de ricos. Porque, ya que lo tienes, tendrás que demostrarlo. Déjalo. Quita. Tusa. A mí no me saques de mi Opel Astra y del Spotify con anuncios. Empiezas comiendo arroz con bogavante todos los días y acabas con los pies como Juanito Oiarzabal. Poco gasta ese muchacho en cortaúñas. Búscalo. Te va a impactar.
Lo que te decía. Tus ideas de negocio están muy bien. Seguro que eres el mejor dando cursos de oratoria y literatura, pero algunos estamos a otra cosa. Cariño, vives rodeado de flojos. De gente que hacemos las cosas a medias. No porque no sepamos. No porque no podamos. No porque seamos gilipollas o nos pueda la pereza. Vivir en la mediocridad es una elección como cualquier otra.
Quizá sea por el brillo. Destacar expone la cabeza. Corremos más riesgo de recibir un balazo o alguna esquirla de metralla si nos mostramos. Una puta diana. Pum. Un motivo más para que te odien. Paso.
Así es como las espaldas rectas se convierten en chepas. Ya lo sé. Me cierro. Que no me vean. Caparazón. ¿Es tan grave? Lo dudo.
De puntillas se hace menos ruido hasta llegar a lo del cementerio.
Haciendo las cosas a medias no te llaman intensa. A nadie acusan de listillo, espabilado o Pink Floyd por ser mediocre. A mi novio no le darán un Nobel o un Goya, pero si entráramos en guerra tampoco me lo reclutarían. Aunque, si tuviéramos que huir al campo, duraría poco. A este le quitas la Play, su colección de gorras y el brik de fritada del Mercadona y es un inútil.
A las muy malas, Papá Estado nos sostiene mientras no saquemos los pies del tiesto. En mi clase del instituto teníamos un compañero subnor… ¿Sigues grabando? ¿Se puede decir subnormal? Con tanta corrección política no sé dónde vamos a ir a parar. Bueno, dejémoslo en un poco turúruru. ¿Me pillas? Se llamaba Rubén. El maldito tenía un cerebro minúsculo, pero una polla enorme. Lo sé porque era raro el día que no se la enseñaba a alguna profesora. La de Física y Química estaba escandalizada. Doña Encarna, mire, mire qué probeta, echa líquido si la tocas mucho, decía el cabrón. Yo creo que la pobre Encarna nos llevaba tantas veces al laboratorio por si Rubén se bebía un bote de mercurio y la palmaba.
Resulta que todos le decían a los padres de Rubén que al muchacho había que llevarlo a terapia, que le faltaba un golpe de horno. Pero los padres se negaban. Mi niño no está turúruru. Mi niño es estándar, pero con características especiales, como un Fiat Panda con asientos de cuero Recaro. Puede que el día de mañana sea artista, escritor o rapero. Científico no. Siempre suspende Física y Química. Es de letras.
Y así se zanjó el tema, hasta que se enteraron de que podían pedir una paga. De pronto, a Rubén le florecieron los informes psiquiátricos y se le redujo aún más el CI. Oiga, doctor, pero si hasta va por ahí enseñando esa polla de caballo que tiene, anote eso. Casi dos mil pavos se levantan con la tontería. Y sin dar palo al agua.
Me desvío. Te decía que somos una sociedad de pusilánimes.
Por eso hay tantos libros flojos y tantas newsletters que huelen a IA. No la tuya. Pago con gusto los 50 euros de suscripción anual. Seré mediocre, pero no soy una puta rata.
¿Te has dado cuenta del rollo malote y rebelde que se traen todos los que hacen hamburguesas aplastadas? Eso también es mediocridad, pero fea. La nueva crisis de los cuarenta.
La gente no quiere destacar porque pasa de ir al Polo Norte. Si me atrevo, puedo patinar. Si patino, me señalarán. Si me señalan, quedaré marcado. Tendré que huir. A algún sitio frío. Viviré entre pingüinos. Me conformo con hinchar solo la mitad de un pulmón.
Más vale Mario Casas en mano que Jack Nicholson volando sobre el nido del cuco.
Destacar es para valientes de mecha larga y espalda ancha. Todos los triunfadores son unos sinvergüenzas. Aunque los más inteligentes activan a tiempo el conformismo. Esa gente sí que sabe.
Pero yo prefiero hacer las cosas a medias. Ni tan mal como para merecer una paga, ni tan bien como para que me asciendan o mis trescientos seguidores de Insta me envidien.
Estoy cansada de tanto pódcast sobre superación personal. El otro día leí que si escuchas más de cien horas de yo-no-sé-qué pódcast te mandan a casa el título de criptobro. Firmado por Josef Ajram y Jordi Wild.
Ya no nos apañamos con leer El arte de la guerra o Meditaciones de Marco Aurelio. Ahora nos mola el Ikigai, el método Wim Hof o llevar zapatillas barefoot para aumentar la conexión con el suelo.
Conmigo que no cuenten. ¡Se vive tan bien en la mediocridad! Te despiertas sin esperar mucho del día. Pasas la jornada sin grandes retos. Regresas a casa igual de vacía. Y encima duermes de maravilla porque mañana será una fotocopia de hoy.
Pero bueno, ¿tú qué tal? ¿Cómo se vive exponiendo tanto tu cabeza? Para mi gusto arriesgas demasiado. Pocos tiros te llegan. Te salva que eres listo y sabes jugar la baza de ser un mal ejemplo. Como tu Robe. Como tu Sabina. No me imites ni esperes mucho de mí porque soy una mala compañía. Entretente un rato y márchate. En el fondo es brillante.
Siguió hablando media hora más. Después me abrazó, pagó la cuenta y se marchó, sabiendo que algún día saldría en uno de mis relatos. No se equivocaba.


Solo puedo decir JAJAJAJAJAJAJAJAJAJA. Buenísimo, me encanta cuando sacas el látigo. Pero a pesar del humor el escrito tiene mucho poso, hay mucha verdad bien descrita (no sé si por ti o por tu amiga)
BRUTALIDAD DE ESCRITO