Hablar bien de uno mismo
Reconoceréis a los imbéciles y acomplejados porque se molestan fácil.
Tomábamos una cerveza en la cocina de Suso. Pó estaba en la encimera, con los pies colgando. Aston y yo en la mesa, derretidos nuestros cuerpos sobre el hule. Suso, apoyado en la puerta del patio, jugueteando con esas cortinas de goma beige que tan de moda se pusieron en los noventa.
—Soy idiota —dijo Pó—. Solo a mí se me ocurre. Me lo merezco. Cuando creía que mi estupidez había tocado techo, encuentro una rendija y me salgo del planeta.
Poco importa si hablaba de amor, amistades o trabajo. Ni siquiera recuerdo a qué se debía su olor a depresión y ese porte de soldado caído.
—Debo de ser el tío con peor suerte del mundo —agregó, lanzando la lata vacía al contenedor.
Falló, por supuesto. Cuando alguien está hundido, la suerte le rehúye hasta en las más minúsculas acciones.
El estruendo irregular de la chapa contra las baldosas —tran, tran, tron, tran— sonó a burla: pringao, tonto, subnormal.
En realidad, no era la lata la que hablaba, sino el propio Pó, que se dedicó toda esa retahíla mientras abandonaba su puesto en la encimera, recogía el envase y lo tiraba —esta vez sin arriesgar— al cubo.
Fue entonces cuando sentimos su presencia.
La figura de Casi, madre de Suso, estaba encuadrada en la puerta que separaba la cocina del salón.
Casi era morena; el pelo rizado formaba en su cabeza miles de muelles. De haber sido un hombre, la habrían comparado con el actor Secundario Bob. Pero nadie se atrevía a insultar a aquella mujer.
Cuando se quiere destacar la falta de arreglo de alguien, se usa con frecuencia el recurso de la bata.
Ir en bata es una opción muy visual para indicar que alguien va desarreglado, poco elegante, hasta descuidado. Suele cuadrar.
A mí me gusta escribir en bata; además de la comodidad, me pone en mi sitio.
«Recuerda que solo eres un vagabundo que escribe», me dice la bata, «no te flipes».
Las uso de franela y muy gordas en invierno, y tres cuartos y de seda en verano, frecuentemente sin ropa interior. El año pasado, un repartidor de Amazon vio mi paquete mientras él me entregaba el suyo.
Pero la norma no aplicaba a Casi. Aquella mujer en bata imponía. Nadie se hubiera atrevido a poner una pega a su atuendo si hubiera aparecido vestida así en una recepción de los Reyes, mirada de envidia de Letizia incluida.
El cáncer fue lo único que no respetó a Casi. Murió unos años después del suceso que cuento hoy. Se fue con elegancia. Peleando lo justo.
—No me gusta sobrevivir —llegó a decirme una vez que fui a verla al hospital.
Fumó hasta el último segundo de su existencia. Los presentes cuentan que apagó el cigarrillo, dijo en voz alta «podemos darlo por bueno», se durmió y ya nunca despertó.
Se hizo el silencio cuando entró en la cocina. Aston y yo nos cuadramos. Pó se apresuró a pedir perdón por el ruido que había hecho con la lata.
Casi se acercó hasta el largo Pó, casi dos metros de amigo. Le sacaba dos cabezas y media a la señora.
—Así que eres un desgraciado, ¿verdad?
Pó asintió.
—¿Un desastre?
—Sí, señora Casi.
—¿Lo peor de lo peor?
—Una mierda, no merezco otro calificativo.
—Supongo que la gente no te respeta.
—Nadie me respeta. Todos se ríen de mí. Soy lamentable.
Como si de una obra de Shakespeare se tratara, Casi empezó a moverse por la cocina mientras nos impartía una clase magistral.
—Sois unos críos. Creéis tener demasiadas certezas. Le dais demasiada importancia a todo, cuando lo cierto es que en esta vida poco o nada importa. Pensáis que la suerte es tener un coche bonito, una casa grande o una novia con las tetas grandes. Pobrecitos. Os diré algo: pocas cosas importan más que tener una carnicería, una pescadería y una frutería de confianza. Todos los problemas se arreglan cocinando rico. Así que dejad de haceros tantas pajas —Suso soltó un «mamáaaa» largo y avergonzado— y aprended a cocinar.
Fue acercándose a cada uno de nosotros para asegurarse de que pillábamos la información. Uno de los momentos que más me siguen emocionando fue cuando Casi se puso a un palmo de mí y me dijo:
—Tú no pareces idiota del todo, se nota que lees más que estos.
Regresó a Pó. Frente a frente. Casi sacó del bolsillo interior de la bata un paquete de Chester y un mechero verde flúor (¿por qué recuerdo con tanta precisión detalles tan nimios?).
—Voy a decirte algo, Policarpo. Te llamo Policarpo porque Pó es nombre de Teletubbie. Todos lo pensamos, pero nadie te lo dice. Si quieres seguir llamándote Pó, hazlo, pero deja ya de vivir en la ignorancia.
Extrajo del paquete dos cigarrillos.
—No vas a llegar a nada si no te respetas. Tampoco me seas literal: respetarse no significa tomarse en serio. Reírse de uno mismo es de personas seguras. Reconoceréis a los imbéciles y acomplejados porque se molestan fácil.
Puso un piti en la boca a Pó. El otro era para ella. Encendió ambos con paciencia.
—Pero antes de soltar una retahíla de insultos hacia ti, como la que acabas de escupir cuando has tirado la lata, piénsatelo. No te hagas a ti lo que no harías a los demás.
Arrojó el humo a la cara de Pó, que solo entonces pareció caer en la cuenta de que también tenía un cigarrillo en la boca.
Casi enfiló sus pasos hacia el salón, pero antes de desaparecer giró su cuerpo por última vez y le dijo a Pó:
—Habla siempre bien de ti mismo, que luego la gente no se acuerda de dónde lo ha escuchado.

