Haber leído, haber viajado, haber vivido
Elegir una vida implica perder miles.
7:30 de la mañana. Me la encuentro en mi biblioteca, con una taza de café humeante entre sus uñas de gel. Pocas cosas me provocan más placer que tener amigos en casa y que estos se muevan por ella con absoluta libertad.
—Buenos días, ¿has descansado? —le digo mientras beso su frente.
—Tengo algo de resaca. Pero creo que es emocional, no alcohólica. ¿Siempre escribes aquí?
—Casi siempre. También me gusta expandirme por la casa. Ayer escribí en la bañera y a oscuras.
—Dudo que la bañera sea más incómoda que esta silla.
Elena tiene razón. No me gustan los sillones de despacho mulliditos y con ruedas. Me salen mejor las escenas cuando la silla me escupe y me maltrata.
La mirada de mi amiga vaga, perdida, entre los mil y pico libros que tiene frente a ella.
—¿Sueles comprar libros para no leerlos?
—Por supuesto. Quien te diga que se ha leído su biblioteca entera miente.
—¿Y no te genera ansiedad? Imagina que mueres hoy. O, peor aún, que te aseguran que te vas a morir mañana. ¿No te agobia tener tantos libros por leer?
—Me agobia no ver crecer a mi hija. Los libros por leer, los aviones por tomar, el mar y todo el arte que me falta por mirar son migajas insignificantes ante la sonrisa de Siena.
—Como ves, he estado pensando en lo de anoche.
Anoche, Elena nos confesó —con un toque de arrogancia que ella más tarde admitió— que padece FOMO. Ese horrible acrónimo que sirve para decir que tienes ansiedad por estar perdiéndote cosas.
—¿Sois conscientes de la cantidad de cosas que nos estamos perdiendo ahora mismo? En algún lugar de esta piedra redonda hay surfistas cabalgando olas gigantes, tribus aisladas danzando para acariciar el ego de un dios cuyo nombre ignoramos, Brad Pitt y Florence Pugh, la sección de novedades de una librería independiente, un nuevo restaurante japonés, foquitas haciendo cosas graciosas, festivales de country llenos de señores amables con bigotes que cuelgan, escaladores practicando sexo a cinco o seis mil metros de altura, poetas escribiendo el último verso antes de rendirse. Y nosotros aquí, cenando mientras la vida pasa de largo.
El resto se lo tomó a broma. No sería para tanto. Elena recogió cable enseguida —soy una exagerada, ya sabéis—, pero decidí observarla durante el resto de la sobremesa.
Alguien mencionó un libro que acababa de leer. Elena lo anotó en Goodreads. Quien sea habló de una película francesa del 75. Elena se la guardó en Letterboxd. Salió en la conversación un restaurante cercano al que le han dado otra estrella. Elena colocó una chincheta en Google Maps y miró la media de tiempo que se tarda en conseguir reserva.
Cuando la cena terminó, logré convencerla para que se quedara un rato más conmigo. A solas. Una última copa. Sin filtros. Con el tiempo suspendido.
Primero hablamos de generalidades. ¿Qué pasó con aquel chico? ¿Te acuerdas del día en que nos reímos de una escultura en aquella exposición? ¿Aún guardas hierba dentro del Ulises de Joyce?
Se impuso el silencio cómodo, la demostración máxima de amistad. Estábamos en mi balcón, con la sierra al fondo. Neptuniana y Siena dormían en la habitación de al lado.
Y entonces Elena se desnudó.
—No sé quién soy, ni qué busco, ni por qué quiero lo que se supone que quiero.
Así fue como me confesó que, más que coleccionar planes, acumula posibles versiones mejoradas de sí misma.
No quería leer ese libro que había anotado. Quería ser la clase de persona que lo había leído.
—¿Aquella película francesa del 75? Posiblemente sea un coñazo. Como Al final de la escapada. Pero quiero verla solo por decir que la he visto.
Y llegó al extremo de reconocer que no es capaz de distinguir la panga de un rodaballo, pero anhela ser una de esas mujeres de morro fino que valoran los percebes y toman Fino La Ina.
Rodaron un par de lágrimas por sus mejillas al abrir semejante melón.
Le propuse dormir en casa. Siempre tenemos una habitación lista para nuestros amigos. Quiero creer que, además de un hogar para Siena, hemos logrado fabricar un refugio, ese lugar seguro al que huir cuando se desmorona un trozo de ti.
Elena aceptó y se fue a la cama sin lavarse los dientes.
Aproveché la soledad de mi balcón para pensar en todas las capturas de pantalla que llevo acumulando desde 2014. Más de una década almacenando buenas ideas que jamás he vuelto a mirar. Y quizá debería hacer lo mismo con las pestañas abiertas del navegador.
Elegir una vida implica perder miles.
Cada decisión es un pequeño asesinato.
Tú vives, pero tu otro posible yo muere. Por eso tratamos de aferrarnos a una existencia mil veces reversible. No seremos, pero lo cataremos. Nos conformamos con la muestra.
La gente no quiere viajar; lo que quiere es haber viajado. Llegar a la meta. Contar países, no experiencias o amigos locales. La foto de moda en Instagram. Cumplir con el recorrido de equis días que te recomiendan todos los youtubers y que acabamos calcando. Como si viajar a Vietnam fuera el juego de la puta oca pero con arrozales y café de huevo.
¿Leer un tocho de 1400 páginas? ¿Para qué? Hay resúmenes, audiolibros, instagramers súper divertidos que te cuentan lo justo para que parezca que te lo has leído. Porque no queremos leer, queremos haber leído.
Y no hablemos de escribir: una novela, un artículo, una newsletter cada semana, una columna con dos centenas de palabras. Escribir es un plomo. Casi una tortura. Pensar, teclear, borrar, volver a empezar… No sale a cuenta. Es mucho mejor haber escrito.
Vivimos agotados de tanto acumular experiencias, promesas y trozos.
Elena se levanta y me abraza.
—Me preocupa no estar. No quiero vivir. Quiero haber vivido.
Consciente de que la conversación se está poniendo dramática y de que toca liberar tensiones, decido bromear.
—Lo que debería preocuparte es no saber distinguir un puto rodaballo de una panga.
Entra Neptuniana con Siena en brazos. La bebé no para de sonreír. El único restaurante que le importa es el pecho de su madre. Mis historias son lo mejor para ella. No me entiende, pero le basta con que esté a su lado y le susurre palabras que suenan bonito.
Los adultos tenemos que aprender mucho de los niños: ellos quieren vivir, no haber vivido.
Elena coge en brazos a Siena. Se marchan al salón, hablando y riendo. Me encanta ver a mi amiga y a mi hija tan conectadas.
Miro las estanterías llenas de libros de mi biblioteca, incluyendo los que aún no he leído. El borrador de mi próxima novela está sobre la mesa. También un cuadro que espera las últimas pinceladas. La bola de ese mundo lleno de esquinas perdidas.
Falta mucho por vivir. O puede que no. No me importa. Abrazo a Neptuniana. Ahora estoy vivo y eso es lo único que importa.


Gracias
Te descubro hoy y me encanta lo que leo. Voy paladeando cada una de tus publicaciones, y a cuál más bella y más certeza. Aquí nos encontraremos, Dani.
Un abrazo.