A la hora de volar no suelen tranquilizarme las explicaciones físicas y técnicas que permiten a un trasto de setenta y cinco toneladas surcar los cielos. Me he emborrachado con demasiados pilotos e ingenieros aeronáuticos como para confiar ciegamente en sus habilidades.
Racionalmente sé que son grandes profesionales, pero cuando un avión se menea a treinta mil pies de altura, comienza a reproducirse dentro de mi cabeza un PowerPoint con escenas lamentables protagonizadas por trabajadores de la industria.
Pondré otro ejemplo de desconfianza profesional inmerecida. Si hoy estoy aquí es, en gran medida, gracias a un par de psicólogas. Pero, como te digo una cosa, te digo la otra: es de sobra conocido que la mayoría de profesionales de la azotea se apuntaron a la carrera con la esperanza de tratar alguno de sus muchos desvaríos mentales.
Quizá eso explique por qué acabas dando con personas que tienen más de psicópatas que de psicólogas. Tres letras pueden ser la diferencia entre alguien que …

