Gente que casi sí, pero al final no
Sobre encontrarte por la calle con los familiares y amigos de los ex.
Me hace mucha gracia esa escena de la peli ¿Conoces a Joe Black? en la que atropellan dos veces a Brad Pitt.
La primera vez que la vi —alquilé el DVD en el videoclub de mi pueblo— di para atrás con el mando unas quince veces. Podéis encontrarla en YouTube poniendo “Meet Joe Black - Accident Scene”.
Está mal reírse de los atropellos ajenos, pero mi pecado queda conmutado por lo evidente del maniquí en el corte. Por no decir que hace tres años un patinete se llevó por delante a mi amigo Pepe.
Sigue vivo, pero le costó la nariz, cuarenta y dos euros que tuvo que pagar al chico de Glovo (el chaval conducía legal y feliz su patinete para entregar cuatro pizzas) y una más que probable noche de sexo salvaje.
Pepe iba aquel día a casa de una tal Rosa, un ligue de la oficina que logró echarse mucho después de romper con Diana la Liana. La llamábamos así por su tendencia a solapar relaciones. En una noche de borrachera, Diana la Liana me confirmó doce parejas consecutivas, con una diferencia media de menos dos meses por barba (sí, menos dos, en negativo).
—Estoy convencida de que Pepe es el hombre de mi vida —añadió antes de arrojar la colilla al suelo en la puerta de Medias Puri. No lo fue. Hubo un decimotercero, un decimocuarto y creemos que un decimoquinto.
Yo me llevaba bien con Diana la Liana. Al fin y al cabo, ¿quién esté libre de no haber solapado, de actos o de pensamiento, a alguna pareja miente o aburre? Lo malo es que Pepe se quedó destrozado cuando ella le confesó que se iba con otro. Tardó ocho meses en volver a salir de casa. Supimos que remontaba el día que cambió el nombre de contacto de “Diana Amorcito Mamá de mis cinco futuros hijos” por un escueto “Diana la Liana”.
Y entonces —perra vida— ocurrió el accidente.
Él suele contar que no pudo evitar el impulso de salir corriendo despavorido hacia la acera contraria cuando, de camino a su cita, vio que iba a cruzarse sin remedio con la hermana y el cuñado de Diana la Liana. No miró. Solo actuó. Y entre acera y acera hay carretera. Se le vino encima un rider, un patinete, una mochila amarilla enorme y cuatro putas pizzas.
Pero lo peor no fue la nariz rota. Lo que realmente terminó con su esperanza de salir con dignidad del altercado fue que la compra que acababa de hacer en el Carrefour Express de la calle Toledo quedó desperdigada por el suelo. La excuñada y su marido vieron con todo lujo de detalle el paquete de fresas, el bote de nata, los dos Red Bull y la caja de preservativos manchados con la sangre de Pepe.
Moraleja: hay que aprender a gestionar los encuentros con personas que forman parte de la carpeta “gente que casi sí, pero al final no”, lo que vienen siendo todos aquellos que estuvieron a punto de ser importantes o, como mínimo, llegaron a ser cotidianos en el pasado.
La lista incluye a los familiares y amigos de las que eran nuestras parejas hasta que se acabó el amor, nos pusieron los cuernos o decidimos que aquel rincón de carne y contradicciones no era donde queríamos pasar los pocos años buenos que nos quedaban.
Los encuentros fortuitos con los ex suelen ser una puta mierda. Rara vez tienen valor literario. Incluyen ignorancia calculada, desprecio evidente y/o exageración desmedida de la felicidad presente. Asco y miseria.
Pero encontrarte por la calle con los familiares y amigos de los ex brinda infinitas posibilidades.
La densidad y el tufillo del ambiente varían en función del sujeto del pasado con el que te encuentres. Hay tantas categorías como personas, aunque será necesario generalizar en los siguientes párrafos.
Los menos morbosos suelen ampararse en la relativa comodidad que ofrece correr un tupido velo. Nos conocemos, pero que sepas que quedaron lejos aquellos tiempos en los que nos besábamos, abrazábamos y felicitábamos las vueltas al sol. Hagamos como que no nos hemos emborrachado juntos en una boda, no nos hemos sentado uno al lado del otro en cinco Nocheviejas o no conocemos la forma de nuestros genitales porque solíamos cambiarnos juntos cuando íbamos a la playa o a una casa rural.
Las personas de este grupo suelen saludarte con un nivel de simpatía inversamente proporcional al ancho de la calle, el pasillo o la estancia en la que os encontréis. Más espacio, menos compromiso. Menos espacio, más actuación.
A otros se les nota demasiado el “te voy a saludar porque no me queda otra, pero tampoco pasaría nada si el suelo te tragara”.
Los hay mucho más radicales. Hace poco me crucé con una familiar lejana de una ex en la puerta de mi nueva casa y se le escapó un “¿ahora vives aquí?, ¿por qué no te has mudado a Irán, hijo de puta?”.
No, en realidad no me dirigió la palabra, se limitó a enseñarme lo mal que le caigo apretando mucho la mandíbula. Estuve a punto de decirle “pareces Buzz Lightyear”, pero me contuve.
En ocasiones, los encuentros con “gente que casi sí, pero al final no” parecen dignos de una versión cutre de El show de Truman.
Por ejemplo, ¿qué posibilidad hay de que, mientras haces un viaje por Costa Rica con tu reluciente nueva pareja, te encuentres con la prima de una ex y su recién estrenado marido en un aparcamiento? Me ha pasado. ¿O de que te haga un control de alcoholemia en Zamora la mejor amiga de una ex y te advierta, medio en serio medio en broma, “como vayas borracho te crujo, cabrón”? Fue divertido ver su cara de decepción cuando salió 0,0.
Aunque mi grupo favorito son aquellos que sin miramientos te sueltan un “nos gustabas más que el nuevo, pero es lo que hay, ¿otra ronda?”. Lo he escuchado varias veces a lo largo de mi vida y en todos los casos me ha hecho sentir bien. No por ser mejor que nadie, sino porque me encanta poder pedir otra ronda con personas amables. Pocos de esos quedan.


Que unas a Brad Pitt con una historia de un colega llamado Pepe es pura ingeniería literaria
Me ha encantado esta reflexión, pero lo que más me ha encantado (sin desmerecer tu pluma) es lo guapísimo que sale Brad en esa peli. O sea.