Me gusta la gente inestable. Salvo cuando se obsesionan conmigo. Siento la obviedad. Es como decir: Me cae bien Hannibal Lecter, salvo cuando pone a marinar mis pelotas en salsa de soja.
En mi trabajo anterior aparecían algunos de esos sujetos de vez en cuando. Es cierto que la media era gente intensa pero no peligrosa. Ellos hablaban. Yo escuchaba. Pagaban su sesión. Dos besos. Muak. Muak. Y hasta la próxima. El problema es que todos los años uno o dos terminaban obsesionándose conmigo. Llamadas o mensajes a las cuatro de la mañana. Una incómoda sensación de que me vigilaban por la calle. Notas en mi buzón. Mensajes directos a mis novias. Invitaciones raras para ir a comer o cenar. Eso te pasa por simpático, por curioso y por subnormal, solía decir Neptuniana.
Hubo un tipo bastante turbio y con un ojo a la funerala que llegó a decirme que no iba a parar hasta llegar a ser tan amigo mío como Carlos, que resulta que es uno de mis mejores amigos y la única persona con la que me atrevería …

