Gente inestable
Llega un momento en el que ni siquiera lo que creías tener claro sobre esto de vivir llega a la categoría de esmerilado.
Me gusta la gente inestable. Salvo cuando se obsesionan conmigo. Siento la obviedad. Es como decir “me cae bien Hannibal Lecter, salvo cuando pone a marinar mis pelotas en soja”.
En otra vida —pocos años atrás en el tiempo— aparecían dos o tres de esos elementos en mi consulta cada semana. Era gente intensa pero no peligrosa. Ellos hablaban. Yo los arreglaba. Pagaban su sesión. Dos besos. Muak. Muak. Y hasta la próxima vez que te dé por culo el manguito de los rotadores.
El problema es que todos los años uno o dos de esos elementos inestables terminaban obsesionándose conmigo. Llamadas o mensajes a las cuatro de la mañana. Una incómoda sensación de que me vigilaban por la calle al salir de la clínica. Notas en mi buzón. Mensajes directos a mis novias. Invitaciones raras para ir a comer o cenar en plan “amiguis”. Entono un poco el mea culpa: por simpático, por curioso y por subnormal.
Hubo un tipo que llegó a decirme que no iba a parar hasta llegar a ser tan amigo mío como su convecino Ca…

