Esta sucia y pegajosa barra de roble
Rara vez he sufrido aquello de la página en blanco. No porque sea un genio. Lejos sea de mí implantarme semejante etiqueta. Creo que tiene que ver más con mi disposición a regalar las últimas migajas de mi dignidad o a tener una mente tan caótica y absurda que es capaz de convertir —con ridícula facilidad— cada frase en un hilo del que tirar, sin que importe demasiado el lugar al que este lleve. Los mejores hilos son aquellos a los que no se les encuentra la punta, ¿no?
Pero ayer fue un día de mierda. Jamás he sentido un bloqueo semejante. Gran parte de la culpa es mía. Por infiel e influenciable. Quise ser algo que no soy; o, mejor dicho, escribir sobre algo que no es lo mío. Y eso, además de recordarme lo torpe que soy, hizo de mi día un infierno.
Me di una vuelta por todas las newsletters que se agolpan en mi correo y vi que gran parte de ellas consisten en dar consejos sobre cualquier cosa. Consejos interesantes, por supuesto. Algo gastados, sí, pero no por ello erróneos. ¿Cómo gana…

