Estar los minutos justos en un sitio es la muestra de elegancia máxima a la que puede aspirar un ser humano.
Me gusta la gente que entra tarde y sale pronto. Todo aquel que invierte el orden huele a traumita infantil, social, amoroso o todas las opciones anteriores son correctas.
Sucedió en 2021. Aquel diciembre di carpetazo a una de esas relaciones tóxicas que todos guardamos en el armario y me encerré en mi piso de La Latina para escribir, beber y frotarme con la única follamiga dispuesta a atenderme de urgencia —es jodido el sexo en navidades, demasiados planes— y que aún mantenía de mi etapa de soltería anterior.
Todo fue bien hasta el día 24. Aquella Nochebuena fue una mierda. Cené solo (todos los ligues de mi vieja agenda tenían familias neurotípicas y casi funcionales, a diferencia de la mía) mientras me calzaba un par de botellas de vino viendo Vengadores, Thor o alguna mierda de esas. El día 25 fue igual de lamentable (resulta que las familias neurotípicas y casi funcionales sue…

