Madera sagrada de árbol africano
Un relato.
De entre todos los regalos de mi cincuenta cumpleaños, aquel fue el más especial, el único obsequio que he usado sin excepción cada día de mi nuevo medio siglo: una silla mágica.
Digo mágica con unas gotas de vergüenza. Los adultos serios con una cuenta de ahorro solemos despreciar todo aquello que tenga que ver con la fantasía. Dame mi 3% TAE y déjame de mierdas. Comento esto para aclarar que soy incrédulo de corazón, ateo por convicción y desde hace una década no le doy a ninguna droga. Mi último coqueteo con alucinógenos fue chupar un anfibio. No estuvo mal; pero me pareció un buen cierre. Ahora solo bebo vino tinto y con la única condición de que esté rico; en caso contrario me apaño con un agua (con gas, como ya habrás imaginado).
Soy de esas personas a las que cuesta regalarle algo. Tengo de todo y, a la vez, no necesito nada. ¡Envidio tanto a la gente que se apaña con cualquier cosa! No es que ponga mala cara o exprese mi molestia cuando recibo un presente que irá a parar a la basura o al trastero —la educación ante todo—, pero sentí una liberación muy placentera cuando me atreví a poner una condición para los regalos que nos hacemos entre los amigos en nuestros cumpleaños: no importa el precio del objeto, pero debe contener una historia, o poseer el poder para generarla.
¿Qué ha entrado dentro de esa categoría?
A mí, como buen ratón de biblioteca, me han traído infinidad de libros viejos con las páginas amarillentas y algunas frases marcadas a boli, un AK-47 —el Kaláshnikov de toda la vida— traído por piezas desde Eritrea, un mural de azulejos robados en la finca de un torero, la cruz de un órreo (también robada, todos mis amigos han pasado o pasarán por la cárcel en algún momento), unas setas alucinógenas que finjo consumir mientras el resto de los presentes flota…
Pero nada ha logrado ni logrará igualar el regalo que me hizo Débora aquel día.
Os la presento. Débora. Metro cincuenta, cuerpo atlético, voz ronca, tiene unos pies horribles; el dedo gordo en particular da grima. Esto último se debe a que ha pasado demasiados años de su vida con unas botas Panama Jack puestas, recorriendo el planeta en busca de rarezas (la del AK-47 fue ella). ¿Es anticuaria? Ni idea. ¿Es reportera de guerra? Tampoco lo tenemos claro. ¿Quién paga sus facturas? Estoy seguro de que si preguntásemos más de la cuenta huiría.
Digan lo que digan, la anemia de información es clave para tener amistades que no se desgastan.
Débora, como toda la gente interesante que conozco, cumple a rajatabla una premisa en los eventos y fiestas: llega tarde, se va pronto.
Estábamos a punto de empezar a comer la paella que Carlos y yo habíamos hecho a medias, cuando se abrió la puerta y apareció Débora dando órdenes a dos trabajadores de una empresa de mudanzas que se peleaban con una pesada silla de madera vieja y clavos de color hierro oxidado.
Despidió a los chicos, entregándoles una generosa propina; me besó en los labios (siempre lo hace), masculló entre dientes un feliz cumpleaños y, señalando a la silla, dijo:
—Ni cuando cumplas un siglo te regalarán algo parecido.
Comenzamos a comer mientras Débora nos contaba la historia del nuevo mueble de mi salón, colocado por orden de ella en el otro extremo de la larga mesa para veinte invitados que compré para poder disimular la soledad de mi vida con comidas fastuosas y sobremesas infinitas.
—La madera de buvinga de esta silla proviene de un árbol sagrado de Camerún, género Guibourtia. Nadie lo taló, fue el árbol quien entregó su cuerpo para ser desmembrado: quería ver mundo, conocer gente, recorrer el mar. No se desperdició una sola astilla tras fabricar con su madera esta silla y el mascarón de proa de un barco fantasma que aún recorre los océanos sin velas ni marineros. Os sorprendería conocer la cantidad de personas de todos los países con costa que aseguran haberlo visto fondeado en alguna playa. Si el barco fantasma representa la parte salvaje y aventurera del árbol, esta silla que ahora nos acompaña es su faceta social y conversadora. Dentro de su madera viven las almas de todas las personas que se han sentado en la silla, y os aseguro que unos cuantos personajes ilustres han dejado caer sus posaderas sobre ella. Hemingway, por ejemplo, ¿dónde no habrá estado ese tío? También la reina de Inglaterra, Magallanes, Nelson Mandela, Jesús Quintero, Robe Iniesta… Y lo mejor de todo es que, usando un conjuro muy sencillo, cualquiera de esas personas aparecerá sentada en la silla; podremos hablar con ella como si fuera un invitado o invitada más a esta fiesta.
—¿Un conjuro? —preguntó Nacho.
—Sí, cuatro palabras que susurraré al oído del nuevo propietario de la silla. A partir de ese momento, solo él tendrá el poder de sentar en la silla a quien quiera.
—¿De verdad podemos llamar a Hemingway para que pase un rato con nosotros? —preguntó de nuevo Nacho.
—Por supuesto —respondió Débora—, aunque a él, a Bukowski y a alguno más es necesario ponerles una botella de alcohol delante para que acudan. Yo hace poco estuve hablando de relaciones tóxicas con Helena de Troya y Penélope, resolví una desaparición de obras de arte con Sherlock Holmes e hice de recadera entre Pedro Páramo y Susana San Juan.
La historia era entretenida, desde luego; por un momento quise creérmela, pero aquello de que el alma de Sherlock, la mujer de Ulises o los personajes de uno de mis libros favoritos vivieran dentro de la madera me chirriaba. Aun así, me hacía feliz ver a mi amiga esforzarse tanto con un regalo.
—Cariño —dije con un tono de ternura en mi voz del que más tarde me arrepentiría—, sabes que algunos de los personajes que has mencionado son literarios, ¿no? No existieron, salvo en los libros.
Débora gritó al cielo que los años estaban volviendo mi mente aún más obtusa y se dispuso a darme la explicación a lo que yo creía fruto de la ignorancia. Cumplir años no es sinónimo de dejar de ser un gilipollas.
—En la silla no solo viven las personas que se han sentado en ella. También, y esto eleva a la categoría de maravilla el regalo, habitan en su madera todos los personajes ficticios que aparezcan en los libros, series y películas que se hayan leído o visto sobre la silla. ¿Quieres hablar con Tony Soprano? Llámalo. ¿Prefieres echar un rato con la princesa Leia? También está disponible. ¿Por qué no lo pruebas?
Se acercó hasta mí con las Panama Jack resonando sobre el suelo. Aproximó los labios hasta mi oído e hizo un pequeño cuenco con la mano derecha para que ninguno de los presentes pudiera escuchar su voz o leer sus labios. Me dijo cuatro palabras que, por razones obvias, no voy a contaros.
—A partir de ahora, el poder es tuyo. Para que la silla funcione, debes acercarte a ella y susurrar bajito, muy bajito, el conjuro y el nombre de la persona que quieres hacer presente. Te adelanto que no suele ser inmediato. La madera es respetuosa con sus almas. A veces los invitados tardan varias horas en aparecer o incluso no aparecen. Piensa bien a quién quieres traer.
Mientras recogíamos los platos, serví una tabla de quesos para el postre (a estas edades la tarta de cumpleaños me parece de mal gusto), una botella de crema de orujo casero que obtengo en un videoclub de Vilagarcía de Arousa y los pertinentes cafés. Comenzaba oficialmente la sobremesa.
—¿Tienes claro a quién quieres traer para que converse con nosotros? Recuerda que es tu casa, puedes echar cuando quieras a quien invoques, aunque, si lo haces, es difícil que esa persona vuelva a acudir a tu llamada.
Lo tenía claro. Y sabía que mi elección no iba a dejar indiferente a nadie.
Me bebí dos chupitos seguidos y con una calma teatralizada me aproximé hasta la silla. Un silencio sagrado dominaba la estancia.
Tras arrodillarme junto al respaldo de la silla, susurré el conjuro y el nombre de mi primer invitado.
Pensé que sonaría alguna campana o se iluminaría todo cuando apareciera mi invitado, pero no ocurrió; aunque por la reacción de mis amigos era obvio que la persona invocada había hecho acto de presencia. Todos se habían levantado asustados. Gritaban. Nacho esgrimía un cuchillo en la mano mientras no paraba de amenazar a la presencia con rebanarle el cuello si osaba levantarse. La única que se quedó sentada fue Débora, consciente de que el invitado no podía salir de aquella madera. Un aluvión de frases malsonantes llegó hasta mí, probablemente con razón: hijo de tu santa madre, animal, puto loco, zumbado. ¿En serio? ¿Eres imbécil?
Débora comenzó a reírse de forma tan exagerada que todos, incluido el invitado, nos quedamos callados, mirándola.
—¿En qué momento se te ha ocurrido que tu primer invitado a la silla sea Franco?
Allí estaba el hombre. Pequeñito. Uniformado. Lleno de medallas. Con su bigote ridículo. Mirando boquiabierto a Débora reír y al resto de los invitados asustados.
—¡Saca a ese bicho de aquí! ¡Tuuuuso! —dijo Cris.
Y entonces Franco habló con su voz de pito:
—¿Ha sobrado paella? ¿Me servís un chupito de crema de orujo? No andará cerca la Collares, ¿no?
Cuando vi que Nacho se aproximaba con el cuchillo dispuesto a hacer justicia con la historia, decidí que era suficiente. Una sola frase —«fuera de mi casa»— bastó para que el Generalísimo desapareciera.
Tardamos un rato en recuperar la calma. Entre todos me hicieron jurar que nunca más invitaría a dictadores, inquisidores y monstruos tipo Drácula o Frankenstein a la silla.
Pasamos la tarde hablando con Edmundo Dantés, Cleopatra (resulta que no se parece en nada a Elizabeth Taylor) y Jorge Martínez, el cantante de Ilegales, que se marchó cuando se dio cuenta de que en aquella fiesta faltaban drogas y guitarras.
Todos se marcharon. Débora la primera, por supuesto. El resto dando tumbos; tanta presencia del más allá había provocado un aluvión de copas.
Allí estaba. Solo, con mis cincuenta años y una silla mágica ocupando el otro extremo de mi mesa. Abrí una nueva botella de vino en la cocina y regresé al salón, dispuesto a mantener algunas conversaciones con personas y personajes que admiro u odio.
Lo que menos imaginaba en ese momento es que yo, que ni siquiera cuando era adolescente tuve fe en el amor, iba a encontrar entre las almas de aquella madera a una mujer como Alfonsina.
Continuará.



Narraré esto, con tu permiso, en mi comida familiar de hoy. Unos días me pareces un genio. Otros (hoy sin ir más lejos) un loco. Es posible que ambos adjetivos sean necesarios para explicarle a mi familia quien es ese tal Errántez que mola tanto
Qué bien escribes y qué ideas tan maravillosas! Me quedo ansiosa esperando la segunda parte!