En el pasado, las historias de amor solían tener un orden. Primero encajaban las miradas, luego las palabras, más tarde los planes, las pelvis y, por último, llegaban los desprecios y silencios.
Ahora es un sindiós. Demasiadas redes sociales. Demasiados vuelos baratos. Mucho buen interiorista haciéndote sentir especial. Incontables series de Netflix recordándote que se te reseca la pepita.
Un sinfín de posibilidades donde la diferencia entre enamorarte, convertirte en embajadora de un negocio piramidal o que un cirujano te saque un Funko de la última porción del intestino depende de si vapeas, lees libros de autoayuda o marcas la X a favor de la Iglesia.
Y si se han multiplicado las opciones para los primeros encuentros, ni te cuento el abanico que se abre más allá de la segunda cita.
Pongo un ejemplo. Me ocurrió entre el seis de enero y el veinte de febrero de hace unos años. Tres chicas. Tres opiniones.
Opinión uno. No me regales flores. Están muertas. Decapitadas. Son cadáveres. Sacos d…

