Enamorarse en un bar de esquina
Guionistas, escritores, psicólogas, enterradoras, camareros y diseñadores de sabores de helado viven de puta madre gracias a que la gente no deja de estrellarse contra la idea del amor eterno.
Antes era más fácil contar una historia de amor. Todo tenía un orden. Era aburrido. Predecible. Sacro.
Primero encajaban las miradas, luego las palabras, más tarde los planes, el par de pelvis y, por último, los desprecios y silencios.
Ahora es un Cristo. Demasiadas redes sociales. Demasiados vuelos baratos. Mucho buen interiorista haciéndote sentir bien en bares construidos sobre cementerios indios. Incontables series de Netflix recordándote que se te reseca la pepita. Droga rosa nublando el juicio. Afters. Erasmus. Festivales. La Latina. Formentera. Gente que se cree Bill Murray.
Un sindiós de posibilidades donde la diferencia entre enamorarte, convertirte en embajadora de un negocio piramidal o que un cirujano te saque un Funko de la última porción del intestino depende de si vapeas nicotina con aroma a manzana o apio, lees libros de Borja Vilaseca o marcas la X a favor de la Iglesia.
Y si se han multiplicado las opciones para los primeros encuentros, ni te cuento las opiniones férreas…

