El intento permanente de no aburrir
Solo es cuestión de narrarte la historia que tengo en mi cabeza tal y como lo haría si estuviera emborrachándome contigo en una barra.
Hay días en los que me apetece una puta mierda escribir, ser gracioso y ocurrente, un poco crudo, un poquitín bobo. Ni siquiera me da por ser un hijo de puta y dejar que salga mi lado irónico. Y cuando ni el humor negro me ilumina el día, es que algo grave sucede.
La salvación para las mañanas torcidas suele ser leer. Pero algunas veces me la pela lo que otros amargados juntaletras puedan contarme; sobre todo si tengo la sospecha de que se levantaron temprano para cumplir con su objetivo de palabras diarias. Paso. La gente ordenada es soporífera. Por eso me preocupa conocer cómo trabajan algunos de mis escritores favoritos. Como sean demasiado cuadriculados y cumplidores con los plazos, no puedo evitar que se me derrumbe el mito. Los escritores que más me gustan acostumbran a tener el hígado en peligro permanente, nunca usan despertador y suelo compartir con ellos algún que otro problema mental. Ser hipocondríacos, por ejemplo. O pensar más en la muerte que en la soledad.
Ojalá tuviera …

