El club de los defraudados
Vivir es defraudar gente. Madurar es que no te importe.
Estoy cogiendo aceitunas. Una semana, no más, que se empieza por ahí y acabas comprándote una finca y haciéndote torero.
Se paga por una jornada entera dando palos y arrastrando fardos (nada que ver con la cocaína, en Extremadura se llaman así a las mantas sobre las que caen las aceitunas cuando golpeas con una vara el olivo) lo mismo que antes ganaba en unos 53 minutos arreglando humanos. Sí, he echado la cuenta.
Lo más gracioso es que cuando al final del día voy al molino, me encuentro con gente que antes esperaba semanas para tener una cita conmigo en alguna de mis clínicas. A todos tengo que contarles que ahora vivo de las palabras y que estoy dispuesto a hacer cualquier cosa con tal de contar una buena historia, como coger aceitunas con mi amigo Carlos. La mayoría se alegra de verme, solemos abrazarnos aunque olamos a ponzoña; pero otros me miran con cara de muy yonko y ludópata debes de ser para haber acabado en esto. Con lo que tú eras, me dijo una señora el otro día en la gasoli…

