Estoy cogiendo aceitunas en el olivar de mis amigos Carlos y Cris. Por hacerles un favor y solo una semana, no más, que se empieza por ahí y acabas comprándote una finca y haciéndote torero.
Lo más gracioso es que cuando al final del día voy al molino, me encuentro con mucha gente que me conoce. En algunos casos son lectores, en otros solo personas que están orgullosas de tener a un escritor censado en la aldea.
La mayoría se alegra de verme, solemos abrazarnos aunque olamos a ponzoña, pero otros me miran con cara de muy yonqui y ludópata debes de ser para haber acabado en esto. Así no ganas el Planeta, me dijo una señora el otro día en la gasolinera, y se marchó preocupada de que le pidiera un euro para un brik de vino.
Quizá esa sea la razón por la que en los últimos días han pegado un subidón importante las altas en mi «Club de los defraudados».
Ya estaban en él todas las ramas vivas de mi árbol genealógico, entre cinco y doce suegras frustradas, el director de mi banco cuando le dije …

