El cajón de las pasiones fugaces
Me ha costado décadas medio entender que no puedo ser constante en todo.
Me ha costado décadas hacer de la constancia una virtud.
Pulo la afirmación: me ha costado décadas medio entender que no puedo ser constante en todo y que conviene elegir en qué puñado de acciones quiero aplicarme cual gota malaya.
Por eso es tan útil “el cajón de las pasiones fugaces”: una maraña de obsesiones, curiosidades, proyectos sin cabeza e ideas tan estupendas por la noche como estúpidas por la mañana.
Una vez me dio por la costura.
Durante unos meses, comía, corría, trabajaba; vivía pensando en pespuntes, hilvanados, fruncidos, faldas de tablas, entretelas, Balenciaga, chaquetas Chanel, el Delphos de Mariano Fortuny…
Todo empezó con la Fórmula 1. ¿Cómo se llega desde un McLaren a un corte al bies? Voy a ello.
Solo conozco dos deportes que me apasionen: el tenis —hay mucha poesía en un humano lanzando bolazos a otro sin que jamás lleguen a tocararse— y la Fórmula 1, un circo absurdamente caro, lleno de pirañas, donde el trabajo de miles de personas acaba girando en torno a dos pilotos con el ego inflado.
Cuando Neptuniana y yo nos fuimos a vivir juntos, aceptó —suele decir que encantada— ver el tenis y las carreras conmigo.
Y un día ocurrió lo esperado: ella quería ver la nueva temporada de Maestros de la costura.
¿Cómo iba yo a negarme? Acepté. Más por obligación que por otra cosa, tampoco seamos injustos.
Hicimos la cena. Nos pusimos frente a la tele. Tras la musiquilla de entrada, sonó la voz de mi paisana Raquel. Aparecieron en pantalla Caprile, Palomo y Escoté. Después, los concursantes. Y, finalmente, la prueba: hacer un vestido en sesenta minutos.
Media hora más tarde miraba fascinado la pantalla. Yo quería fabricar con mis manos todas aquellas prendas. ¿Por qué nadie me había dicho que la costura era tan interesante?
Dos semanas después ya me había tragado las temporadas pasadas del reality —obtenidas de forma no del todo legal— y me había comprado varios libros sobre corte y confección y una máquina de coser marca Singer.
Y entonces llegó aquella borrachera mítica y la primera promesa que le hice a la que hoy es mi mujer: voy a hacerte una falda. Con la de copas que llevaba encima, es posible que ella escuchara algo así: “vuuuuoy aaa haaaacerte guuuna faaaarrrdaaaa”.
Pero de lo que no hay duda es de que me entendió, porque a la mañana siguiente acompañó el ibuprofeno que puso sobre la mesa con el recordatorio de la noche anterior:
—¿Sabes que ayer me prometiste una falda?
Ese mismo día me apunté a un curso de costura que había en un taller por La Latina.
En la primera clase di con cuatro chicas majísimas que se dedicaron a poner en duda mi sexualidad.
—¿Seguro que no eres mariquita? Aquí no vamos a juzgarte, que no pasa nada porque te gusten los penes. ¿Te molesta que te llamemos mariquita? Es desde el cariño, lo hacemos con todos los chicos que venís.
Traté de convencerlas, primero enseñándoles una foto medio íntima con Neptuniana —“eso no demuestra nada”, dijo una, “anda que no hay gais así”— y después con lo de la Fórmula 1.
—Soy un machote, veo carreras de coches todos los fines de semana —alegué.
Añadí un “ruum-ruuumm-ruuuuuum” largo y ronco, por si acaso.
No coló. Me calló la boca otra de ellas:
—Cielito, eso es aún más sospechoso. Si te gustase la Nascar o el Dakar, bueno, pero en la Fórmula 1 la mayoría de los pilotos son casi adonis. Yo me he tirado en sueños a Hamilton seis veces e hice un trío con Leclerc y Gasly.
Resolvieron el tema Nuno y Paco, una pareja de alumnos que, tras una breve inspección, dijeron:
—Podría ser un buen ejemplar de gay, pero solo es un hetero simpático y premium, de los que ven Eurovisión.
Durante seis meses estuve yendo dos veces a la semana a clase e invertí un número absurdo de horas en casa para aprender cómo se hacían prendas cada vez más exóticas.
Le hice la falda a Neptuniana, por supuesto. Tenía un buen lejos, y sus piernas kilométricas contribuyeron a darle esplendor al resultado.
No ayudaba mi obsesión con la perfección. En mi cabeza, un milímetro de más o de menos, una ligera desviación de un corte o una cremallera no tan recta como debería era motivo suficiente para deshacerlo todo y empezar de cero.
Fue gracioso que, gracias a compartir algunos de mis avances en Instagram, se pusiera en contacto conmigo la productora de Maestros de la costura para contar con mi presencia en la siguiente temporada. Rechacé amablemente la oferta, insistieron, volví a rehusar y entonces me ofrecieron ir a MasterChef. Si llego a tomarme un chupito más aquel día, hubiera aceptado, pero eso de que me encerrasen en una casa tantas semanas —ya que iba, pensaba ganar— no me convencía.
Poco a poco se me pasó la fiebre por la costura. Mejor dicho: descubrí la fotografía digital primitiva. ¿Por qué nadie me había dicho que la fotografía digital primitiva era tan interesante? Me volví un efervescente buscador de cámaras antiguas, de esas que sacan ruido, granitos, colores raros.
Unos años antes me había dado por soldar. ¿Por qué nadie me había dicho que la soldadura era tan interesante? Cada fin de semana practicaba como un enfermo para hacer soldaduras limpias y bonitas con electrodo, MIG-MAG, soplete…
Por no hablar de la época en la que me apunté a un curso de maquillaje. ¿Por qué nadie me había dicho que el maquillaje era tan interesante? Aún hoy suelo maquillar a Neptuniana para eventos especiales y, una vez, le hice a una amiga mía, con una economía justita, el maquillaje de su boda, madre y hermanas incluidas.
En el cajón de mis pasiones fugaces hay aciertos, como la acuarela o la albañilería, y errores garrafales, como esa racha en la que intenté sin éxito la apicultura, el pádel o me ilusioné con montar una granja de caracoles.
Pero lo importante de todo esto no es lo que hay en el cajón de las pasiones fugaces —que está muy bien, es muy gracioso y llama la atención—, sino lo que se queda fuera: las acciones que, con constancia, se han convertido en parte de mí.
Ni siquiera sé por qué he usado el plural. Solo he logrado ser constante en una acción: escribir.
Aunque, sin pasiones fugaces, no tendría contenido para contar historias.
Los que nos dedicamos profesionalmente a esto de la escritura, además de estar dados de alta en el epígrafe 864 del IAE —me lo repite tanto mi asesora que empiezo a odiar el puto número—, necesitamos leer más de lo que escribimos —desconfío de la gente que dice escribir más de lo que lee— y un cajón sin fondo de pasiones fugaces.
Las historias no llegan por sí solas. Está bien tener un cuaderno bonito, unas vistas espectaculares desde el escritorio, una biblioteca gigante a la espalda, un MacBook Pro de la hostia. Pero, sin vivencias, contradicciones, roturas, ilusiones pasajeras, esperanzas terminales, amantes con la duración de un chasquido, instantes absurdos y picorcillos varios, la literatura no emerge.
Y tú, ¿qué has metido hoy en el cajón de las pasiones fugaces?





Substack, por ahora. Aunque reconozco que lo digo con la misma energía con la que supongo que tú compraste la Singer.
En mi cajón tengo, el tenis, pasión no mía si no de mi padre que quería hacer de mi una Arantxa Sánchez y vivir de mi, le salió mal, vi que los volantes de bádminton no robaban a tomar por culo y no tendría que correr tras ellos a recogerlos. Así que me cambié al bádminton, no por pasión sino porque tenía que hacer algún deporte y en ese al menos no había que correr tanto. El patinaje sobre hielo, esa sí era pasión pero autodidacta y se terminó cuando nos mudamos a un pueblo recóndito de España donde no sabían ni lo que era una pista de hielo. El piano y el clarinete también van para el cajón, eso sí fue una pasión genuina. El patchwork, tengo una maléfica llena de trabajos y telas sin rematar, pero no me han llamado de "maestros de la costura" como a tí. Ooohh el running! Casi se me olvida, más que pasión obsesión...o adicción, al cajón. Ahora ando con la acuarela y la pandereta a vueltas, espero que no acaben en un cajón y sacar algo de ellas.