El cajón de las pasiones fugaces
Me ha costado décadas medio entender que no puedo ser constante en todo.
Me ha costado décadas hacer de la constancia una virtud.
Pulo la afirmación: me ha costado décadas medio entender que no puedo ser constante en todo y que conviene elegir en qué puñado de acciones quiero aplicarme cual gota malaya.
Por eso es tan útil “el cajón de las pasiones fugaces”: una maraña de obsesiones, curiosidades, proyectos sin cabeza e ideas tan estupendas por la noche como estúpidas por la mañana.
Una vez me dio por la costura.
Durante unos meses, comía, corría, trabajaba; vivía pensando en pespuntes, hilvanados, fruncidos, faldas de tablas, entretelas, Balenciaga, chaquetas Chanel, el Delphos de Mariano Fortuny…
Todo empezó con la Fórmula 1. ¿Cómo se llega desde un McLaren a un corte al bies? Voy a ello.
Solo conozco dos deportes que me apasionen: el tenis —hay mucha poesía en un humano lanzando bolazos a otro sin que jamás lleguen a tocararse— y la Fórmula 1, un circo absurdamente caro, lleno de pirañas, donde el trabajo de miles de personas acaba girando en torno a dos pilo…

