Noventa y siete pasos separaban la casa de mi padre y su mujer del contenedor de basura más cercano. Desde los doce años hasta que me echaron de aquella casa, hice ese camino cada noche.
Al principio de vivir allí no me gustaba ir a tirar la basura. En Pilar 44 teníamos el contenedor justo en la puerta. Nunca fue mi responsabilidad, hasta que mi madre murió, mi padre se casó de nuevo y nos mudamos. Aquella nueva obligación no me hizo ni puta gracia.
Hubo una época en la que temía abrir la tapa del contenedor y que me saltara a la cara un gato, un hurón o el líquido oleaginoso de Venom. Durante otra temporada, me aterraba que me parasen los picoletos y me encontraran droga en el pijama. Demasiado Informe Semanal. Y algunas veces llegué a salir de casa con un bote de insecticida Cucal oculto en el abrigo para echárselo en los ojos a los traficantes de órganos que pretendieran arrancarme un riñón o las córneas.
Con el tiempo, desaparecieron los fantasmas y aquellos paseos se convirtieron en…

